TEXTO IRREVERENTE

Por Andrés Timoteo

19 Diciembre, 2016

Comenzaron las Posadas, tiempo que para los católicos recrea el peregrinar de María y José hacía Belén donde nacería el profeta Jesús, en medio de la escasez y la marginación social. Navidad y su preludio es un tiempo, como ya se ha dicho, para la reflexión personal y colectiva. En este contexto, la voz de los pastores es importante, sobre todo en una nación como la mexicana donde la Iglesia Católica es un poder fáctico, y también en Veracruz donde la vida pública está devastada.

A pesar de tal necesidad, los pastores católicos incumplen una vez más la encomienda bíblica de ser profetas, de anunciar y denunciar, pues su mensaje navideño es demasiado blandengue y simulador. De los 13 puntos que contiene la carta firmada por los titulares de las ocho diócesis de Veracruz, hecha pública ayer domingo, solo dos se refieren a la situación en materia de seguridad pública. En el punto número 5, habla de que “todos hemos sido testigos del avance creciente de una cultura de muerte”, cuando en realidad los veracruzanos no han sido  “testigos” sino víctimas directas.

Los obispos dicen en ese párrafo que “la violencia se ha establecido desde hace varios años en nuestros pueblos y ciudades con sus múltiples manifestaciones de inseguridad, extorsiones, secuestros, asaltos, robos y asesinatos que han sufrido muchas personas de todas las clases sociales y ocupaciones. Nos duele profundamente que esto se siga realizando en gran parte del País (sic) y con tintes muy especiales en nuestro Estado (sic)”. –al vocero diocesano, Manuel Suazo le hace falta un curso de ortografía-.

Según los ensotanados eso es un “signos del pecado personal y social” y enseguida, en el punto siguiente ficcionizan – hacen ficción- el asunto, al sostener  que “la fuerza poderosa del mal se ha manifestado en la corrupción, la impunidad y la injusticia que han logrado penetrar lo niveles de la economía, la impunidad y la injusticia”. Es decir, para ellos la corrupción, la impunidad, la injusticia que dañó a los veracruzanos, no la competieron personas sino el demonio, las fuerzas malignas.

Para comprender la intención de los obispos  es conveniente usar ese verbo poco convencional en el periodismo pero muy frecuente en la literatura: ficcionizar. Cuando una historia parte de vivencias auténticas  se convierte en novela con agregados del autor que van desde nombres y lugares ficticios hasta situaciones surgidas de la imaginación del redactor,  pasa a ser literatura y deja de ser real porque se sulfuró con elementos fantásticos.

Así, en  la carta navideña de los obispos, el culpable de lo que sucede en Veracaruz es el diablo y no Javier Duarte de Ochoa –con quien se reunieron días antes de que se fuera del cargo y posaron para la fotografía-, a quien no mencionan, ni el innombrable antecesor ni todos los compinches que se robaron el dinero público y dieron permiso para que el crimen organizado se dedicará a secuestrar, extorsionar, desaparecer y asesinar personas.  Son demasiado vaporosos los obispos ya que aun cuando los malvados están fuera del poder, no se atreven a mencionarlos por su nombre. No lo hacen por miedo, claro, sino por conveniencia.

También apenas dedican dos líneas a situaciones de extrema gravedad como son las personas desaparecidas, los indígenas empobrecidos y los migrantes “maltratados” –no quisieron mencionar que son asaltados, atacados sexualmente, usados como esclavos por los carteles de la droga, y asesinados-, y no le dieron una sola línea en su mensaje a los niños enfermos de cáncer que murieron porque les dieron medicamentos falsos ni para las personas de los jubilados o los estudiantes que dejaron sin dinero de pensiones y becas, por ejemplo.

Al contrario, escondieron todo en un discurso adornado para confundir al pueblo, al grado que pidieron a todos esperar las promesas “veterotestamentarias” – palabra dominguera que significa del Antiguo Testamento- para que llegue “la luz del Señor”, o sea que hacen todo para que el pueblo no entienda el mensaje, si es que lo llega a leer. Nada más faltó que lo escribieran en latín. ¿Y la solución que proponen?: orar para que Cristo disipe las fuerzas de la oscuridad, del mal y de la injusticia, y que las personas sean iluminadas para luchar contra la violencia y la corrupción.

Otra vez la ficción. Para los religiosos es urgente un prodigio divino para combatir esos males. No llaman a los veracruzanos para  ser ciudadanos ni a ser críticos ni a demandar respuestas y buen actuar de las autoridades. Tampoco  los convocan a la denuncia pública, a la resistencia civil, a la solidaridad activa con las víctimas, a la contraloría social, a la defensa de la democracia y la libertad de expresión. No, todo lo reducen a una cuestión de una fe etérea, a que el Espíritu Santo baje de las alturas para  solucionar las cosas.

Así, los obispos veracruzanos –encabezados por el jalapeño Hipólito Reyes Larios, mejor conocido como San PRIpólito, el patrono de los fidelistas- vuelven a las andadas y le quedan a deber a su rebaño. No es algo nuevo, en los doce años de fidelidad, ese hoyo negro que devoró a los veracruzanos, nunca alzaron la voz para denunciar la maldad de quienes gobernaron y en medio de las ráfagas de fuego lanzadas por el crimen organizado también permanecieron mudos, aun cuando entre sus mismos templos hubo víctimas.

Vaya que es certera esa vieja proclama hecha por monseñor Oscar Arnulfo Romero, quien fue obispo de El Salvador y hoy es santo canonizado, al exigir  que hubiera obispos al lado del pueblo pobre, apasionados por la justicia y que no temieran denunciar e interponerse entre el rebaño y los lobos. En Veracruz las palabras de San Oscar Arnulfo son ignoradas por el clero, muy vaporoso, elevado, lejano de la realidad y de su feligresía.

Por cierto, ¿sabían que un obispo mexicano, Don Sergio Méndez Arceo, cuando era titular de la Diócesis de Cuernavaca decretó la excomunión para los torturadores el 17 de abril de 1981? La tortura y desaparición forzada son instrumentos de dominio político y están fuera de la gracia de Dios quienes la realizan o participan en su realización, quienes la ordenan, promuevan o solicitan, y quienes pudiendo y debiendo impedirla, no lo hacen, y los que debiendo denunciarla, tampoco lo hacen, cita el documento. ¡Cuánto se extraña a Don Sergio y cuánto darían los veracruzanos por tener un pastor de ese tamaño!

Envoyé depuis Marseille, France