Cecilia Muñoz

Polisemia

El año pasado leí 50 libros, de los cuales 23 fueron escritos por mujeres y dos más, en coautoría masculina-femenina (“Olympe de Gouges”, por Catel Muller y José-Louis Bocquet, y “La última luna” de Guadalupe Loaeza y Pavel Granados).

Gracias a estos 23 libros, durante mi 2016 hubo realismo, distopía, romanticismo, biografía y memoria; así como novela, cuento, teatro, ensayo y poesía.

Y resultó que a pesar de sus variaciones, a menudo las plumas femeninas me fueron cercanas y familiares. Por eso, cuando la booktuber María Antonieta (@librosdeMaria) tuiteó: “Me siento taaaaan cómoda leyendo mujeres. Es una sensación de familiaridad, de protección, de comprensión… Es increíble” supe a qué se refería: las autoras comparten un mundo de cotidianidad con las lectoras. Y las lectoras somos capaces de descubrirlo entre líneas: “¡Esto me ha pasado, esto lo he sentido, esto lo he pensado, aún esto ocurre!”. Verdaderamente increíble…

Pero en realidad, lo increíble fueron las respuestas a ese tuit. Algo no hace clic en algunos hombres que parecen entrar en pánico o incomodarse ante cualquier signo de hermandad entre mujeres. ¿Qué ocurre si se organiza una marcha, una conferencia u otro tipo de evento o espacios exclusivos para el género femenino?: “¿Y así quieren igualdad? ¡Nos discriminan!”, vociferan indignados. En el caso del tuit de María Antonieta, una primera respuesta masculina fue: “La de Crepúsculo o 50 sombras antes que Tolstoi? Yo no creo que existan libros de mujeres o de hombres, sino por artistas. Un saludo”.

Para el tuitero en cuestión, la literatura escrita por mujeres se ciñe a dos ejemplos de ficción tóxica que además, son la misma historia, pero revolcada (50 Sombras derivó de Crepúsculo), mientras que la literatura escrita por hombres es glorificada a través de la mención del escritor ruso que, en efecto, nos legó grandes obras. De acuerdo con él, además, la literatura despoja a los autores de género, como si al escribir se volvieran seres inocuos sin pasado ni perspectivas derivadas de su paso por el mundo. ¿Acaso los grandes escritores entran en trance una vez que toman la pluma? ¿Sus almas se dirigen a alguna especia de Olimpo de las letras, a hablar con las musas?

Por supuesto que no.

Una segunda respuesta al tuit fue: “la cuestión es solo leer a cualquier autor que te apetezca, muy independiente de que sea mujer o hombre. Los dos son buenos (emoticón de rosa)”.

Un día, hace ya varios años cuando estudiaba Letras, un amigo me habló muy emocionado de su clase de Literatura Mexicana, pues ésta tenía una peculiaridad: se centraba en las escritoras de nuestro país. Imagínese cómo estaba el resto del programa académico para que esto fuera tan interesante… Y no porque nuestros docentes fueran seres machistas y misóginos, sino porque el mundo editorial (y artístico, en general) ha dado pocas oportunidades a las mujeres. No me crea, compruébelo: si tiene una biblioteca, mire sus estantes: ¿cuántas escritoras hay? Si va a una librería, ¿de quiénes son los libros en exposición?

El segundo tuitero que cito no parece contemplar esto en su respuesta. Quizás ni piense que hay una problemática que otra gente antes que él se ha cuestionado: la de la visibilidad femenina en el mundo de las letras. Naturalmente, todo lector sabe que el chiste es leer lo que te apetezca, pero si no hay una oferta variada, ¿realmente estamos siendo lectores libres de escoger nuestro próximo libro?

El comentario de María Antonieta no expresaba que la literatura escrita por mujeres fuera mejor que la masculina, sino que la experiencia receptora era diferente, más enriquecedora y placentera para ella, como mujer. Y como tal, ratifico la impresión.

Si bien hay literatura que es leída de tal modo que el nombre en la portada puede ser lo de menos (por ejemplo, “Crímenes bestiales” de Patricia Highsmith), también está aquella en la que el género es un elemento importante en el proceso de interpretación y que apela directamente a la condición de la lectora, provocando que la ventana que es el libro sea una ventana a sí misma. ¿Por qué negarlo, por qué repelar por ello, por qué temerlo?

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