Por Nadia Bustos

El consumo es una práctica ciudadana global, se encuentra regulado a nivel mundial, es una dinámica que se ha convertido en fuente de bienestar y elemento primordial en la construcción de las identidades sociales y los estilos de vida. En el mundo globalizado se ha pasado de mecanismos centralizados de comercialización a redes de producción, distribución, consumo e información, dado que el consumo se ha masificado, las identidades sociales y culturales se han fragmentado.

En México el consumo se realiza en dos fuentes: el comercio formal y el informal, el primero representado mayoritariamente por los centros y plazas comerciales y el segundo por los tianguis y la piratería. La forma en que consumimos en México, está determinada como en cualquier otra sociedad de consumo por: publicidad, acceso al producto, nivel de ingresos, geografía, idiosincracia etc. Sin embargo, en nuestro país es más latente uno de los efectos de la sociedad de consumo en masas: la definición de la identidad por el qué se consume y no por el trabajo. Es decir, lo que consumes te identifica.

El boicot  como una acción para ejercer el poder de consumo,  debe ser organizado, estudiado, planeado, dirigido y ejecutado inteligentemente, para que tenga eficacia. Los boicots pueden ser de distintos tipos: directo o indirecto (el primero si se va directamente contra el producto o marca, el segundo si se dirige a quien lo distribuye, este último puede ser ilegal en algunos países), ético, económico, político o social, dependiendo de las razones que motivan a los consumidores a hacerlo: por ejemplo en los años 60s la Iglesia Bautista en Estados Unidos organizo un boicot contra la empresa Disney ya que esta había flexibilizado sus políticas laborales a favor de sus trabajadores homosexuales, o el que surgió contra la empresa Nestle cuando lanzó por primera vez al mercado la formula para lactancia y cuyo mal uso origino la muerte de bebés en países en vías de desarrollo. En los años 80s surgió un boicot también en EU contra la marca Nike por las condiciones de explotación de sus trabajadores en Indonesia Todos estos boicots pueden clasificarse como éticos. En el 2005 en España se llevó a cabo un boicot de orden político en contra del cava catalán, sus ventas cayeron durante ese año en un 7,97% respecto del 2004 (unos 7,87 millones de botellas).

Estos días se ha propuesto como reacción a las acciones del nuevo POTUS realizar un boicot a todos o a determinados marcas estadounidense (ya sea productos o cadenas) y consumir lo que está hecho en México. Este activismo implicaría en cierto sentido una estrategia de guerra comercial entre todavía socios comerciales. Sin embargo hay quienes se cuestionan la viabilidad de un proyecto así debido a la gran dependencia que existe en los hábitos de consumo de los mexicanos de marcas y productos norteamericanos.

En el mundo globalizado la economía se ha vuelto aún más corporativa y difícilmente se puede atinar a un producto cuya disminución de demanda realmente afecte de manera directa e inmediata a una región del planeta. Se habló de no acudir a comprar a tiendas Wallmart, sin embargo, en estas tiendas también se comercializan productos elaborados en México. También se invitó a dejar consumir en Starbucks, olvidando que también ahí se comercializa café mexicano y de latinoamérica.

Una sociedad que no reflexiona sobre sus formas de consumo puede perder el control de lo positivo o negativo que hay en él para la construcción o destrucción de vínculos equitativos de socialidad en los grupos humanos. Cualquier estrategia que los consumidores mexicanos realicen con el afán de boicotear un producto, deben estar estudiada, fundada y organizada, para que los efectos del boicot tengan resultados que no resulten contraproducentes para México.