Columna Geopolítica

Por Jorge Miguel Ramírez Pérez

6 de febrero del 2017

La sociedad moderna de la posguerra, como se llamó al término de las guerras alemanas e inicio de la guerra fría,  fue refundada en la filosofía del humanismo extremo  de la buena onda, tipificada en el pensamiento del predicador neoyorquino Norman Vincent  Peale autor del best seller “El Poder del Pensamiento Positivo”; y en otros cursos derivados de Dale Carnegie, otro auto motivador de la época, prestigiado entre la clase gerencial, la clase que Burham pensaba estaba transformando el mundo;  ha recreado un sistema de auto hipnosis colectiva, para hacer que no ven, lo que ven y que no sienten lo que les hace ruido, de la realidad evidente.

La fuerza de la automotivación se convirtió en la filosofía popular al grado de ser un antecedente de los memes nice muy comunes desde finales del siglo pasado, que algunos profesionales medianos, incluyeron en carteles en las oficinas como sinónimo de modernidad barata; y que en México tuvieran éxito con diferentes seudo técnicas administrativas, de las cuales los mapas mentales  que impulsaron los asesores de Fox, fueron uno de los colmos del manejo reduccionista del enfoque real de la administración pública.

Lo positivo se volvió religión en el mundo ávido de enriquecimiento y de relaciones públicas basadas en normas básicas de una cultura de buenas maneras, pero de ninguna forma en una herramienta útil de la verdad de las cosas, ni siquiera una aproximación al diagnóstico de la problemática, porque al excluir la realidad en todo su panorama, es una visión limitada y por lo mismo falsa, para abordar un problema que requiere análisis y no nada más un recetario de actitudes.

Pero el daño cultural de un mundo exclusivamente bonito se quedó.

De tal suerte que la gente ha llegado a la conclusión de tipo salinista en política y economía, que se expresó por el expresidente y asesor presidencial, en la frase lapidaria que ignora las necesidades: “no los veo, ni los oigo”, en pocas palabras, el sujeto del siglo XXI, adoptó ignorar las realidades y enajenado en adicciones o en las imágenes motivadoras que se desprenden de  sueños con fuertes  deseos de poder y riqueza inalcanzables, adoptan el código oficial del egoísmo extremo de preferir pasar la vida que dicen con tozudez a toda prueba: ”no voy a amargarme la vida siendo tan corta”.

Así que cuando se dan a conocer al gran público, los desastres causados por políticos que hacen de la opacidad su religión y de la rapiña su profesión. Cuando los saqueos a los bienes públicos alcanzan las cifras que no se entienden por su envergadura, que además se significan lastimosamente para los ciudadanos y sus descendientes en deudas que nadie les consultó. La gente en la medida de su defensa mental, hacen el mapa en su cabeza, de la huida y escapan a la realidad y tratan de evadirse de lo que es manifiesto, para regresar al mismo punto que les causaba el desasosiego.

Y pocos, muy pocos entienden que los golpes de la verdad social que es la que abordo, son síntomas suficientes para un diagnóstico que por la fuerza e importancia de sus consecuencias, merece una reflexión y una línea de acción política y social  distinta a la que ha llevado el desastre.

Porque las preguntas son simples y no requieren de mucha ciencia para entenderlas.

Porque es imposible que servidores públicos amasaran las fortunas que todo mundo sabía, adquirieran bienes en el extranjero, enviaran a sus hijos a “estudiar” en el primer mundo y se manejaran como magnates, que estaban generando dólares por su trabajo. Con ranchos improductivos, engañándose así mismos como productores de simulación. Hampones de ambos sexos con concesiones y séquitos de sirvientes en las nóminas, queridas y familiares cobrando salarios jamás devengados y toda suerte de canonjías como las de los diputados federales que no tienen llenadera.

Por el lado que se vea el modelo del desastre se tiene que parar; debe haber alguna forma para que no existan pensionados de primera, de segunda de tercera y de lujo, como los ex magistrados que ganan más de cien mil pesos mensuales en una forma de vida muelle, que realmente nunca trabajaron, que su nivel de productividad fue bajo con procesos judiciales lentos y extorsionadores. Todos, porque lo saben los ciudadanos que los han padecido.

Maestros de dobles o triples tiempos completos, con gastos y viajes de estudio sin resultados tangibles, investigadores sin trabajos acreditados, rémoras y bloqueadores del estudio y el conocimiento, vientres estériles sin capacidad profesional suficiente, sin poder de retentiva de más de una media hora en la que se hacen bolas por la falta de práctica de la disciplina que estructura el pensamiento y deviene en conocimiento.

No se puede más.

Por eso lo bueno de lo malo es para que abramos los ojos de simuladores y privilegiados que hacen pesada la carga social que realmente la soportan pocos.

Lo bueno de lo malo es para entender de una vez por todas que los falsos políticos, depredadores del erario no pueden ser ignorados en aras de un positivismo de vida, que es ignorancia egoísta y funesta.

Lo bueno de lo malo es indignarnos de nuestro descuido y vigilancia para que no vuelva a suceder. No caer en el narrismo, que viene del apellido Narro, que es un apellido derivado del  anglicismo, narrow, que quiere decir estrecho, dijera yo, obtuso, limitado, angosto de perspectivas, de lo que hace gala el secretario de Salud de México, de ese apellido, que quiere hasta ser presidente; y que por todos lados quiere ocultar los crímenes a la salud pública, aduciendo que debe haber muertos para que se pueda entender la burla y  la extorsión de las medicinas caducas, falsas y además exorbitantes.

Lo bueno de lo malo es no ser estrecho y miope a la realidad. Aceptar las responsabilidades y construir las defensas para que lo malo al menos, intentemos que no vuelva a ocurrir.