Sólo la ironía de la vida haría que, de ser candidato del PRI a la Presidencia, enfrentara a su compadre Juan Ramón de la Fuente, que goza de similares credenciales

El secretario de Salud se sorprendería si supiera cómo su nombre corre, de boca en boca, entre los priístas, incluidos los de nivel más alto.

El doctor José Narro podría ser el caballo blanco por el color rucio del pelo, pero más allá del tinte, o la edad, viene corriendo de atrás y empieza a alcanzar a los competidores por más que su nombre no aparezca en las encuestas; es visto como la esperanza de un priísmo desencantado y menospreciado, o, en el mejor de los casos, alejado por quienes se adueñaron de la plaza desde que Enrique Peña Nieto organizó su equipo de campaña en 2011.

El secretario de Salud aún no se vislumbra, a sí mismo, como el hombre que el PRI necesita en un momento de emergencia mayor, si se quiere, que la del 2000, cuando Vicente Fox fue construido como el vaquero de la cajetilla de cigarros que no tuvo dificultad para arrasar al priista que no supo cómo contestar a insultos como “lavestida, hombrecito”, etcétera, y al eslabón en la cadena de la evolución política conocida como “Pejelagarto” López Obrador.

Si le peguntáramos si será el candidato del PRI en el 2018 contestaría, a carcajadas, con un foxiano ¿por qué yo?, pero bien sabe por qué.

No es el mejor momento del PRI como institución, y del priísmo como militancia, y él aparece como de los pocos priístas que pueden dar la pelea.

Después de la histórica derrota de junio pasado; de la aniquilación, por conspiración, del más conspicuo de sus dirigentes, Manlio Fabio Beltrones; de la caída abrupta de la popularidad del Presidente más popular de todos los tiempos; del gasolinazo que salvó las finanzas públicas, pero que sirvió para estocar, una vez más, al gobierno; de la embestida sin freno, descarada, de la jerarquía católica; del inusitado hiperactivismo de Felipe Calderón, que pretende convertirse en una especie de Plutarco Elías Calles panista vía su esposa Margarita; de la desesperada incursión de Andrés Manuel, convencido de que la tercera es la vencida, y de la inexistencia de una caballada priísta no flaca, como decía Rubén Figueroa, sino inexistente, al doctor Narro se le presenta la oportunidad de su vida, política y personal, impecable.

La caballada priísta se reduce a un espécimen competitivo, Miguel Osorio Chong, que está sentado en un polvorín que a diario amenaza con estallar incontrolable, la inseguridad; si forzamos el análisis incluiríamos a Luis Videgaray, cuya vigencia depende de encontrar la manera de convivir con Donald Trump sin que al final tengamos que ceder en todo, incluida la instalación de bases militares en territorio mexicano, y Eruviel Ávila, a condición de que consiga instalar en su oficina a Alfredo del Mazo Junior, que de pronto ha desaparecido, como si no quisiera ser gobernador del Estado de México, y a Aurelio Nuño, que ofrece la impresión de haberse convencido de que tendrá que esperar 6 años, mientras la Reforma Educativa da frutos tangibles.

En este contexto, Enrique Ochoa Reza no puede realizar milagros y necesita algo más, eso que priístas de todo tipo ven en Narro, en especial su larga carrera política y de servicio público (fue subsecretario de Salud y Gobernación); su conexión con los jóvenes por su paso por la Rectoría de la UNAM, pero sobre todo por su impecable fama pública.

Sólo la ironía de la vida haría que, de ser candidato del PRI a la Presidencia, enfrentara a su compadre, Juan Ramón de la Fuente, que goza de similares credenciales.

Fuente. impacto.mx/opinion