TEXTO IRREVERENTE

Por Andrés Timoteo

24 de marzo de 2017

Conocí a Miroslava Breach en octubre  del 2011. Fue en Pachuca, Hidalgo, durante un curso impartido a los corresponsales del periódico La Jornada. Los compañeros le decían, a guisa  de broma, “La centaura del norte” pues era la única dama que llevaba una corresponsalía en Chihuahua – los demás corresponsales en el noroeste de país eran varones-. Los compañeros de  Chihuahua, Coahuila, Baja California y  Sonora junto a los de  Zacatecas y Michoacán despertaban cierta admiración entre los demás asistentes al curso.

El motivo era que llevaban años lidiando con el narcotráfico, haciendo periodismo en medio de una guerra irregular, y aunque el objetivo del encuentro de los corresponsales eran cuestiones de redacción, el tema del crimen organizado y las amenazas contra la prensa fueron la charla ‘off the record’. Más  porque en esas fechas uno de los colegas del Estado de México había sido amenazado de muerte por los grupos mafiosos que extorsionaban a locatarios de mercados, y también porque en el sur el país aumentaba el nivel de violencia contra los periodistas.

Apenas cuatro meses antes, en el mes de junio, habían asesinado en Veracruz al columnista de Notiver, Miguel Ángel López Velasco, “Milo Vela, junto con su hijo Misael López Solana y su esposa, la señora Agustina Solana. “Ya están  allá (los malos), van a llegar más y  se va a poner peor”, comentó un compañero. “Así empezamos acá”, agregó, aludiendo a la violencia que se dispararía. En septiembre, un mes antes, habían arrojado 35 cadáveres en la llamada ‘zona dorada’ de Boca del Río. Las palabras fueron proféticas.

En una de las tertulias nocturnas, un compañero hizo una reflexión que dejó en silencio a los demás. “México es un país de mata-periodistas, pero lo peor es que la gente no reacciona, matan a los reporteros y como si nada hubiera pasado, les importa un carajo incluso sabiendas que al silenciar a la prensa todos salen perjudicados porque aceptan el reinado del terror. Aquí no hay para dónde (moverse), el periodista es asesinado y no pasa nada”, dijo con amargura.

Miroslava tomaba el tema por el lado amable, tal vez  -como lo hacíamos todos- para no caer en pánico. Recuerdo que hace casi dos décadas,  ella se hizo corresponsal de La Jornada luego de ser objeto de despidos y represalias en los medios informativos locales, azuzados por los poderosos de Chihuahua. Como casi todos los que laboramos para ese diario, contaba historias personales del andar cotidiano para bordear la censura y los peligros paralelos que conllevaba el oficio. No se arredró nunca.

Así, en medio de la incidencia criminal y autoritarismo corrupto que estaba asentado en las esferas gubernamentales de su entidad, la compañera hacía su trabajo de forma ejemplar.  Era de los pocos intrépidos que se aventuraban a reportear en la sierra tarahumara, donde  documentaba el acontecer de quienes poblaban  las zonas desfavorecidas, sufrían el abuso de poder de los gobernantes y eran presas de la desolación generada el narcotráfico así como  del olvido y la exclusión oficiales

En Chihuahua, la comunidad reporteril le reconocía su valentía y su pluma crítica, no solo en temas de la delincuencia y el quehacer gubernamental sino en la defensa del bien común y las causas justas. Los colegas chihuahuenses recuerdan con humor una anécdota reciente: En junio del año pasado cuando una turbamulta vandalizó el palacio de gobierno para repudiar al entonces gobernador Cesar Duarte, Miroslava se interpuso frente a ella antes de que ingresará al inmueble y le sorrajó: “Sí quieren partirle la madre a Duarte, háganlo,  pero no dañen el palacio que es propiedad de todos, que  es una joya arquitectónica”.

Miroslava supo capotear a tremendas ‘bestias negras’. Los priístas Patricio Martínez, José Reyes Baeza y Cesar Duarte fueron los últimos tres gobernantes a los que reporteó, cuestionó y exhibió. Ejercía en serio la encomienda de que el periodismo debe ser un contrapeso del poder. Y claro, también como reportera del periódico Norte de Ciudad Juárez y otras publicaciones locales, abordó los temas obligados  del contexto en su entidad: la seguridad y la política.

Ayer la mataron. Su sentencia fue por ser periodista. La atacaron a balazos saliendo de su casa, cuando llevaba a uno de sus hijos al colegio. Es el tercer comunicador  que asesinan en México en este año, después de Cecilio Pineda en Guerrero, el 2 de marzo, y Ricardo Monlui en Córdoba, el pasado domingo 19.  La lista sigue creciendo, la pesadilla es interminable. Y como siempre los políticos y funcionarios se llenan la boca con promesas de justicia, salmodian esa letanía que nunca llega a su cumplimiento.

Lo digo una vez más -y los lectores me han de disculpar por escribir en primera persona-, los periodistas muertos no le sirven a la sociedad. Un reportero mártir ya no puede informar ni analizar, entonces tampoco es útil. Desde el sepulcro no se informa.  El nombre de un comunicador no debe estar ni en una plaza ni en una calle ni en una pancarta ni un obituario sino en las notas firmadas en los diarios, dichas en noticieros televisivos y radiofónicos, y claro, rubricadas en los despachos informativos que ofrecen los portales digitales. Cada vez que derriban a un periodista, la comunidad y la democracia se pudren más.

A Miroslava la recuerdo sonriente y bromista, como en aquellas tardes en las que, junto con otros colegas, entre ellos Mireya Cuellar y el periodista misanteco, Miguel Molina,  residente en Londres, pero que llegó a Hidalgo para apoyarnos en el taller,  departíamos en la centenaria cantina Salón Pachuca al choque de los ‘caballitos’ de tequila blanco y el misterioso juego de dados que algunos lugareños intentaban enseñarnos para que pudiéramos tentar a la suerte de forma menos riesgosa que siendo periodistas.

Para los  familiares y amigos de la reportera, mi solidaridad a la distancia. Lo mismo para mis compañeros de La Jornada, hoy de luto porque nos la arrebataron. Y para Miroslava, un hasta luego afectuoso.

Envoyé depuis Paris, France

Fuente: NOTIVER