Por: Zaira Rosas

He escuchado a muchas personas decir que las princesas dañan a las niñas, que no deberíamos llamarlas de tal forma, y que incluso crecer admirando a cada una de ellas generaba después patrones de sumisión. Siempre he considerado que Ariel, Bella y muchas otras princesas tienen aspectos positivos, sin embargo ayer me topé con un vídeo en la red que me hizo cuestionar un poco mi ideología. El video comenzaba a contar la historia de cenicienta en un hombre, comencé viéndolo pensando que era algo de comedia, pero conforme los segundos transcurrían pude apreciar que no, era la misma historia que hemos visto en pantalla o leído una y otra vez a excepción de que ésta tenía a un hombre por protagonista.

Cuando llegó al “vivieron felices por siempre” me sentí defraudada y pensé que había desperdiciado un minuto de mi vida, pero de repente una voz irrumpió diciendo –No le contarías esta historia a tu hijo, ¿Por qué contársela a tus hijas? – El vídeo era para promocionar un libro de cuentos para chicas rebeldes, el cual me pareció muy oportuno por tener historias de mujeres reales que han irrumpido en distintas etapas históricas con su talento o ingenio, lo cual me hizo cuestionarme sobre las historias que han influido en mi vida, y si bien crecí viendo distintas películas de princesas, estas no definieron mi rumbo, quizás por ello las considero ajenas a mi pensar y actuar, además, sigo creyendo que esconderlas a una niña es omitir una parte de realidad.

Las historias que mis padres compartían conmigo también estaban ligadas al mundo real, las personas que inspiraron mi desarrollo no fueron las de cuentos, sino aquellas con las que convivía, por ello pienso que aún en la actualidad lo que nos rodea y lo que consumimos permea en nuestra vida. No se trata sólo de una etapa en el desarrollo, sin duda a temprana edad somos más susceptibles a determinados contenidos, pero aún en la edad adulta ser bombardeados constantemente por noticias de inseguridad, nos afecta.

Abrir un sitio web o ver en la primera plana del periódico que se recomienda no salir de noche, modifica los hábitos de la mayoría de personas con sentido común, la corrupción en los partidos o las instituciones gubernamentales es noticia diaria en nuestro país, y al final de cuentas son instancias dirigidas por personas. Entonces, si dicen que las niñas crecen con menor seguridad en sí mismas por culpa de las princesas, ¿Qué historias leía Javier Duarte para volverse un bandido?, ¿Qué llevó a los grandes capos a soñar con ser tales?, supongo que más que las historias de ficción, fue su realidad.

En el libro “Los señores del Narco” la periodista Anabel Hernández relata con sumo detalle cómo un pueblo subsiste gracias al negocio de la droga, en una tierra fértil donde cualquier fruta podría convertirse en el eje de desarrollo, los dueños de grandes tierras son los narcotraficantes, los niños que desde muy pequeños trabajan en sembradíos de coca sueñan con llegar a ser como sus patrones, sus modelos y ejemplo de vida son los capos que de una forma u otra han creado empleos y colaborado con el sustento de una comunidad.

Lo mismo pasa en otros contextos, la realidad de inseguridad y corrupción permea y es responsabilidad de los medios difundirla, pero a veces también es necesario hablar de otras personas, acercar a la gente noticias que hablen de los avances científicos realizados por nuestras universidades, de la bandera de México ondeando en Marte por el interés de investigación que tienen instituciones como el IPN, de quiénes han sabido derrotar sistemas de poder, de quiénes vencen el miedo para defender sus derechos, de las mujeres que innovan y triunfan gracias a su creatividad. De todos aquellos que no se detienen ante un no e insisten hasta lograr justicia.

Los modelos de inspiración y las historias que nos definan pueden ser muchas, al final cada individuo elige a quién le gustaría seguir, lo ideal sería que todos tuviéramos la oportunidad de conocer un abanico de posibilidades para entender que el entorno puede cambiar, porque si bien México está lacerado, también tiene un rostro de esperanza, en nosotros está decidir cuál de los dos queremos que crezca, decidir qué rumbo será el que nos defina.