Juan Bustillos |

Sólo para iniciados |

14 de noviembre de 2017  |

 Quien lo conoce un poco sabe que ni a su sombra le confiaría la identidad de su preferido; vaya, no lo menciona ni dormido

 Es increíble la manera como ha crecido la percepción de que el candidato del PRI a la Presidencia (a destapar formalmente antes del 14 de diciembre) será José Antonio Meade.

 Todo empezó el 10 de agosto pasado, cuando el PRI reformó, en Campeche, sus estatutos para dar oportunidad a los “simpatizantes”, es decir, cualquier mexicano que no sea miembro del PRI puede ser postulado.

 A partir de ahí, todo ha sido como caminar en las nubes para el secretario de Hacienda.

 Aquel 10 de agosto, Aurelio Nuño se apresuró a aclarar que él sí cuenta con más de 10 años de militancia, pero, por mera cortesía quizás, consideró “positiva” la reforma estatutaria.

 De entonces a la fecha se ha especulado en todos los sentidos. Héctor Aguilar Camín, que sabe mucho de esto, ofreció cinco “criterios” para adivinar quién será el candidato priísta.

 Su aportación ha sido la más celebrada porque considera las preguntas que le parecen definitivas (¿quién conserva más unido al PRI? ¿Quién garantiza más continuidad en el proyecto de reformas de Peña? ¿Quién le cuidará mejor las espaldas cuando no sea Presidente? ¿Quién es el candidato preferido, in pectore, del Presidente? ¿Quién tiene más cola que le pisen (por corrupción o ineficiencia)?

 En el planteamiento de Héctor, Meade no es el ganador porque desde las reformas al estatuto dividió al PRI, sin embargo, cuenta a su favor que podría ser el que menos cola tiene que le pisen por la honestidad que comparte con otros de sus competidores, pero sin duda porque recuperó el rumbo de la economía, que había perdido Luis Videgaray, quien, por otra parte, es su principal impulsor, se supone.

 En cuanto a garantizar “más” continuidad en el proyecto de reformas de Peña Nieto, supongo que ninguno de los mencionados u omitidos por Emilio Gamboa está en condiciones de hacerlo. La próxima Legislatura será un infierno por la fragmentación del voto y, aún con gobiernos de coalición debidamente reglamentados y no optativos para el Presidente, nada garantiza la continuidad reformatoria.

 Dos de las preguntas no tienen respuesta.

 ¿Quién le cuidaría la espalda? La historia de las sucesiones presidenciales priístas está marcada por la traición, con la excepción de Carlos Salinas con Miguel de la Madrid. Nadie conoce a un Presidente hasta que le colocan la banda tricolor en el pecho; es entonces que se puede comportar como hermano, como hijo, como amigo o como verdugo. Los ejemplos abundan.

 ¿A quién trae el Presidente en el pecho?

 No hay respuesta y mentirá aquel que diga que el secreto le fue confiado o que buscando en el bote de la basura encontró el nombre apuntado en una tarjeta. Quien conoce un poco a Peña Nieto sabe que ni a su sombra le confiaría la identidad de su preferido; vaya, no lo menciona ni dormido.

 Lo único cierto, a semanas de la gran revelación, es que cualquiera del gabinete, excepto el general Salvador Cienfuegos, el almirante Vidal Soberón y Luis Videgaray, no tiene la menor posibilidad; los dos primeros por las razones que cualquiera conoce y el tercero por Donald Trump.

 Y, para finalizar, quien quiera robar la señal a Peña Nieto debe tomar en cuenta que es priísta-priísta y que la cualidad que más valora es la lealtad.

 http://impacto.mx/opinion/180934/