Por Norimitsu Onishi   |

HARARE, Zimbabue, 22 de noviembre de 2017.- La rápida caída de Robert Mugabe, quien este martes renunció a la presidencia de Zimbabue y cuyas artimañas y crueldad lo ayudaron a vencer a un sinfín de adversarios a lo largo de casi cuatro décadas, a quien más ha sorprendido es quizás al mismo Mugabe.

Durante años confió tanto en su seguridad —y su poder— que tomaba vacaciones de un mes lejos de Zimbabue después de Navidad, y jamás enfrentó ninguna amenaza durante sus largas y predecibles ausencias. Incluso a los 93 años, su estrecho control del partido gobernante del país y del ejército hizo que su poder pareciera estar blindado contra cualquier cuestionamiento.

Sin embargo, en cuestión de días, Mugabe, quien gobernó su país desde la independencia obtenida en 1980, quedó en gran parte despojado de su autoridad, aunque seguía aferrado a la presidencia.

En un discurso muy esperado el domingo por la noche, Mugabe, en vez de anunciar su renuncia como lo esperaba la mayoría del país, sorprendió a Zimbabue al rehusarse a decir que dimitiría. Aunque aceptó que su país estaba pasando por “un periodo difícil”, no dio señales de reconocer o aceptar lo mucho que había cambiado en un periodo tan corto el terreno que controlaba.

A principios de ese día, el partido gobernante, ZANU-PF (Unión Nacional Africana de Zimbabue – Frente Patriótico), sobre el que siempre había ejercido dominio total, expulsó a Mugabe como líder con vítores y bailes que iniciaron después de la votación. Le dieron una fecha límite del lunes al mediodía para renunciar o enfrentar la destitución por parte del parlamento.

El martes, poco después de que el parlamento comenzara el proceso de destitución, Mugabe presentó su renuncia.

Tan solo días antes, el miércoles de la semana pasada, los soldados lo pusieron bajo arresto domiciliario; su esposa, Grace Mugabe, de 52 años, cuya ambición de sucederlo contribuyó a su caída, no ha aparecido en público desde entonces.

Christopher Mutsvangwa, al centro, director de la asociación de veteranos de guerra, celebró la salida de Mugabe como presidente de ZANU-PF, el partido en el poder. Credit Jekesai Njikizana/Agence France-Presse — Getty Images

Sin embargo, en su discurso, Mugabe declaró incluso que presidiría el congreso de su partido dentro de algunas semanas. Después de 37 años de controlar el país, se rehusaba a renunciar fácilmente.

La cadena de eventos que llevaron a la caída de Mugabe comenzaron el 6 de noviembre, cuando despidió a su vicepresidente, Emmerson Mnangagwa, un aliado cercano del ejército, y unos días después intentó arrestar al principal comandante militar del país. Mugabe finalmente había ido tras el ejército y sus aliados políticos en una disputa prolongada dentro del partido gobernante.

“Cruzó la línea roja y no podíamos permitir que eso continuara”, dijo Douglas Mahiya, un líder de la Asociación Nacional de Veteranos de la Guerra de Liberación de Zimbabue (ZNLWA, por su sigla en inglés), el grupo que ha actuado como el representante militar en las batallas políticas del país mientras permite que los generales uniformados permanezcan públicamente neutrales.

Unas cuantas horas después de que lo despidieran, Mnangagwa, temiendo su arresto, escapó con un hijo al país vecino de Mozambique, donde tiene fuertes vínculos militares. Terminó por llegar a Sudáfrica. La decisión del presidente de despedir a su vicepresidente y arrestar al general fue el punto culminante de una larga batalla —cada vez más viciosa y personal— dentro de ZANU-PF, el partido que ha controlado a Zimbabue desde su independencia en 1980. La así llamada facción Lacoste fue encabezada por Mnangagwa, cuyo apodo es el Cocodrilo, y respaldada por el ejército y los veteranos de guerra.

Emmerson Mnangagwa, al centro, llegando a un funeral en el Acre de los Héroes Nacionales en Harare en enero Credit Jekesai Njikizana/Agence France-Presse — Getty Images

La facción rival fue encabezada por la esposa de Mugabe y respaldada por la policía, cuya lealtad estaba asegurada, entre otras cosas, porque Mugabe había nombrado a un sobrino como alto mando. Esta facción incluyó en su mayoría a políticos más jóvenes sin experiencia en la guerra de liberación y fue bautizada como la Generación 40, o G-40, por Jonathan Moyo, un político ambicioso reconocido usualmente como la mente maestra detrás de este grupo.

Mientras las facciones Lacoste y G-40 lucharon entre sí por la sucesión al entonces presidente, Mugabe no declaró su apoyo a ningún bando. Para ambas facciones, el factor más grande fue la edad de Mugabe y su fragilidad cada vez más visible. Solo era cuestión de tiempo antes de que “la naturaleza tomara su curso” y “el viejo se fuera”, como dijo la clase política.

Algunos delegados en la reunión extraordinaria del comité central del partido ZANU-PF en Harare el domingo. Credit Aaron Ufumeli/European Pressphoto Agency

La caída de Mugabe estuvo enraizada en la decisión de su esposa de convertirse en una fuerza política a mediados de 2014, según cree la mayoría de los políticos y expertos.

“La entrada de la señora Mugabe a la política provocó la ruptura de la élite en Zimbabue”, dijo Tendai Biti, un abogado, político de la oposición y exministro de Finanzas en un gobierno de coalición hace unos años. “Este golpe de Estado fue el resultado de un desacuerdo entre la gente que come en la misma mesa, mientras que la mayoría de los golpes de Estado en África se llevan a cabo por parte de personas que comen bajo la mesa y solo reciben migajas”.

No queda muy claro por qué Grace Mugabe, ahora de 52 años, de pronto se involucró en la política. Casada durante décadas con Mugabe, era conocida como “Gucci Grace”, alguien interesada en las compras y en llevar un estilo de vida lujoso. Era mecanógrafa en el grupo presidencial cuando ella y Mugabe comenzaron una aventura mientras la primera esposa del presidente, Sally, estaba muriendo de cáncer. A diferencia de la muy amada primera esposa, la segunda señora Mugabe en general fue detestada entre los zimbabuenses.

En las alianzas siempre cambiantes del ZANU-PF, Moyo tenía un pasado accidentado. En 2004 lo expulsaron del partido después de planear un juego de poder con —críticamente— el mismo Mnangagwa, quien logró salir políticamente ileso. Sintiéndose traicionado por Mnangagwa, Moyo juró jamás trabajar con él de nuevo y detonó una disputa de una década que alimentó la reciente toma del poder del ejército.

Para asegurar su sobrevivencia, Moyo animó a Grace Mugabe a entrar a la política, de acuerdo con políticos, amigos y analistas.

Rápidamente, Grace Mugabe y sus aliados orquestaron la eliminación de rivales, entre ellos a Joice Mujuru, vicepresidenta, así como a Mutsvangwa, quien había sido el ministro de Asuntos de los Veteranos de Guerra de Mugabe.

Auxilia Mnangagwa, la esposa del nuevo presidente de ZANU-PF, fue felicitada por su reingreso al partido el domingo en Harare. Credit Jekesai Njikizana/Agence France-Presse — Getty Images

En un mitin en la ciudad de Bulawayo a principios de este mes, algunos jóvenes, presumiblemente provenientes de la facción rival de Lacoste, comenzaron a interrumpir a Grace Mugabe, llamándola “ladrona”.

“Si les pagaron para abuchearme, adelante”, dijo. “Soy la primera dama y defenderé la verdad. Traigan a los soldados y dejen que me fusilen”.

La interrupción molestó visiblemente a Mugabe, quien de inmediato acusó a Mnangagwa de haberla organizado. “¿Me equivoqué al asignar a Mnangagwa como mi adjunto?”, preguntó Mugabe. “Si así es, lo dejaré ir desde mañana”.

Dos días más tarde, despidió a Mnangagwa y marcó el camino para que Grace Mugabe se convirtiera en vicepresidenta y, una vez que la naturaleza tomara su curso, fuera la sucesora de su esposo.

Grace Mugabe y sus aliados por fin habían ganado. Pero la victoria pronto resultaría pírrica.

Conforme la facción Lacoste consolidó el golpe contra Mugabe, los funcionarios del partido eliminaron el domingo a Grace Mugabe como dirigente del la Liga de Mujeres del ZANU-PF y la sacaron del partido de por vida. Hicieron lo mismo con Moyo. Despidieron al segundo vicepresidente de Mugabe, Phelekezela Mphoko, quien había estado en el puesto durante tres años.

El final fue mucho más dulce para Mnangagwa: el domingo, el partido lo nombró su nuevo líder.

Fuente: NYTIMES.COM