Juan Bustillos  |

Sólo para iniciados   |

05 de diciembre de 2017  |

 Nadie, en sus cinco sentidos, se atrevería a aplaudir o a justificar el desbarre del candidato presidencial

 Los historiadores no terminan de ponerse de acuerdo si Fouché o Talleyrand dijeron que “no fue un crimen, sino una vileza”, el fusilamiento del conde Luis Antonio Enrique de Borbón-Condé, ordenado por Napoleón, pero de lo que no hay duda es de que la propuesta de amnistiar al crimen organizado, que no otra cosa es el narco, “fue una pejada” de Andrés Manuel López Obrador.

 Nadie, en sus cinco sentidos, se atrevería a aplaudir o a justificar el desbarre del candidato presidencial; de hecho, sus más conspicuos seguidores de las redes sociales, aquellos que están al pendiente de cualquier crítica en su contra para tundir a quien se atreve a hacerla, o a convertir en doctrina sus ocurrencias, han guardado significativo silencio.

 Así de monumental es el dislate del candidato presidencial de Morena.

 Y aquí debemos hacer de lado el natural aprovechamiento de sus contrincantes políticos, de sus enemigos históricos o de los críticos asalariados, al igual que la natural reacción de los altos mandos militares cansados de sus ataques a las Fuerzas Armadas que combaten al narco, la mayoría basados en noticias falsas.

 López Obrador quiere ser Presidente de México y tiene tanto derecho a serlo como los químicamente puros (léase José Antonio Meade, Ricardo Anaya, Margarita Zavala, Miguel Mancera o Rafael Moreno Valle, para citar a unos cuantos, sin olvidar al “Bronco” Rodríguez), pero a lo que no tiene derecho es a cometer errores  infantiles, similares a los de su primera campaña presidencial, que dieron pretexto al panismo para presentarlo a la ciudadanía como “peligro para México”.

Entiendo que Andrés Manuel nunca quiso decir lo que dijo, pero lo cierto es que sus palabras están grabadas y no hay forma de alegar que la mafia del poder puso en su boca propuestas que no pronunció.

 Si el candidato de Morena dijo tamaña barbaridad debe agradecerlo a algunos de sus geniales asesores que lo han llevado a apegarse a Nicolás Maduro, el mandatario venezolano que no pasa un retén democrático.

 Lo he observado durante años, desde que, a sueldo de Marcelo Ebrard, acarreaba tabasqueños a la Ciudad de México para dar oportunidad a Manuel Camacho de impresionar a Carlos Salinas con su supuesta capacidad negociadora.

 He leído todas las leyendas negras sobre su persona (la muerte de uno de sus hermanos o el golpe de pelota en la nuca a un jugador de beisbol, por ejemplo), pero nunca me he tragado las campañas que lo identifican como el mayor riesgo que México pueda afrontar en el futuro mediato, argumento que explica el giro del PRI a la postulación de un candidato simpatizante ajeno a sus colores y a la negra historia tricolor.

 Andrés Manuel no es diferente al promedio de la clase política mexicana, incluida la graduada con laureles en las más prestigiosas universidades extranjeras; posee sus virtudes y defectos, pero, a diferencia de la mayoría, es de una viveza inigualable.

 Pero algo le está pasando y le urge identificar qué.

 Quizás tenga mayor oportunidad de, por fin, dormir en el aposento que alojó a Benito Juárez en Palacio Nacional si se sacude a algunos de sus geniales asesores y si después de contar hasta 10 y respirar profundamente se enfrenta con humildad a los mexicanos que quiere que lo elijamos y nos diga: Perdón; la regué.

Fuente:impacto.mx/opinion/amlo-mas-vivo-que-los-demas-pero-la-rego