Juan Bustillos  |

Sólo para iniciados  |

14 de enero de 2018  |

 El ex secretario del Trabajo llega a Gobernación con los índices de criminalidad en alza y con la probable intención del gobierno ruso de Vladimir Putin de intervenir en México durante el proceso electoral como lo hizo en Estados Unidos en la disputa de Donald Trump con Hillary Clinton

 Como si fuera ayer, recuerdo la tarde de octubre de 2004 en que Alfonso Navarrete entregó su capital político a Enrique Peña Nieto para brindarle su ayuda en la búsqueda de la candidatura a gobernador del Estado de México.

 Fue un momento crucial en el futuro de ambos.

 Nada pidió para él, excepto permanecer un poco más en la Procuraduría mexiquense para cuidar a su jefe que sufriría una embestida formidable, mediática y jurídica (amenazas de muerte a él y su familia, incluidas), del gobierno de Vicente Fox y de Roberto Madrazo, antecedente priísta del panista Ricardo Anaya, obsesionado por la candidatura presidencial.

 Uno gobernó la entidad y recuperó la Presidencia de la República para el PRI; el otro ofreció una gran lección de lealtad y capacidad política y gubernamental acompañándolo en su histórica aventura hasta hoy en que le ha confiado la complicada misión de conducir el cierre del sexenio en un clima de polarización política sin antecedentes recientes, ni siquiera el del 2006, y con los índices de inseguridad más altos de las últimas décadas.

 Lejos estaban de imaginar aquellos competidores que en ese momento dejaron de serlo, que quien se desempeñaba como procurador de Justicia mexiquense recibiría 13 años después, del entonces secretario de Administración del Gobierno del Estado de México, la misión de mantener la gobernabilidad del país en el año más ominoso de los últimos sexenios, más aún que 1968 o 2004, para no ir tan lejos.

 Sólo para dar contexto al arribo de Navarrete a Gobernación, recordemos que están en disputa 3 mil 400 cargos en un clima de polarización política que amenaza con traducirse en una elección presidencial a tercios con diferencias entre ganador y perdedores similares a la de Felipe Calderón con Andrés Manuel López Obrador en 2006, pero con protagonistas que no están dispuestos a aceptar de buena manera su eventual derrota.

 Pero además, con los índices de criminalidad en alza y con la probable intención del gobierno ruso de Vladimir Putin de intervenir en México durante el proceso electoral como lo hizo en Estados Unidos en la disputa de Donald Trump con Hillary Clinton.

  •  ACUMULACIÓN DE CASOS ABIERTOS

 Si no se me cruzan las señales, conforme a la estrategia del Presidente Peña Nieto, Navarrete suplió a Miguel Osorio Chong en la Secretaría de Gobernación a fin de dar a éste la eventual oportunidad de conducir a la bancada priísta en el Senado de la República en el próximo sexenio porque, gane o pierda el PRI la Presidencia, será vital en el estreno de los gobiernos de coalición por su experiencia adquirida en la gubernatura de Hidalgo, como diputado federal y al frente de lo que podríamos llamar el ministerio de política interior.

 Pero Navarrete llega a Gobernación para cerrar una administración plagada de casos que inexplicablemente, quizá por desidia, intereses creados o deslealtad al Presidente, permanecen abiertos cuando el margen de maniobra se estrecha con rapidez.

 Se perdió tiempo precioso y sólo quedan cinco meses para la definición del nuevo rumbo del país en las urnas, con un margen alto de posibilidades de que sea en sentido contrario al establecido por Peña Nieto y con protagonistas que llegarían en plan de savonarolas, dispuestos a quemar con leña verde en la plaza pública y en tribunales a sus antecesores.

 Peor, como surgida de la nada se empieza a generalizar la versión del supuesto relevo del precandidato presidencial del PRI ante la insistencia de que su campaña no levanta; Joaquín López-Dóriga ha puesto nombre al probable instigador de esta perversidad, Marcelo Ebrard, el operador de la estrategia que Manuel Camacho urdió para crear la percepción de que Luis Donaldo Colosio resultó ser mal candidato y requería ser reemplazado.

 Hoy estaría repitiendo el guión sólo para fincar en la opinión pública, en especial en los priístas, la idea de que el PRI tiene un mal candidato.

 Incluso se especula abiertamente con la posibilidad de un magnicidio como el de marzo de 1994, bajo el supuesto, según Ricardo Alemán, de que el crimen organizado, cuya amnistía ha sido esgrimida como estrategia de pacificación del país por López Obrador, podría estar dispuesto a ayudar al “amnistista” quitando de en medio a su competidor.

 Esta última versión parece exagerada y a todas luces se antoja irresponsable; es inadmisible otorgar cariz de veracidad a reflexiones que no dejan de ser meras especulaciones y sólo ayudan a calentar aún más un clima de confrontación ya de por sí insoportable.

  •  LA MEJOR ELECCIÓN DE PEÑA NIETO

 Alfonso Navarrete es un político consumado con experiencia en el Congreso, brillante e impecable carrera en la procuración de justicia federal y mexiquense, y en el manejo de corporaciones policiacas, pero también cofundó la Comisión Nacional de Derechos Humanos con Jorge Carpizo, de quien fue secretario particular.

 Como si fuera poco, estuvieron en la Secretaría de Gobernación en un año un tanto similar a éste. Llegaron en enero de 1994, a nueve días del levantamiento del subcomandante Marcos en Chiapas, del arranque de campaña de Colosio y del ungimiento de Camacho como comisionado para la paz.

 Manuel y Ebrard utilizaron con descaro la nueva circunstancia para emprender una campaña presidencial paralela a la de Luis Donaldo ofreciéndose como relevo del candidato presidencial del PRI. El resultado fue la creación del clima que propició la ejecución de Luis Donaldo.

 Aquel fue un año atroz; a la declaración de guerra de Marcos al gobierno y Ejército mexicanos siguió el asesinato de Colosio, la candidatura “por default” de Ernesto Zedillo, la ejecución de Francisco Ruiz Massieu, las sucesivas estampidas de capitales al extranjero que se reflejaron en el “error de diciembre”, etcétera.

 Pero Navarrete también estuvo al lado de Carpizo en las negociaciones del proyecto de reforma constitucional de 1994 que ciudadanizó al Instituto Federal Electoral. Lo que se llamó “Las mesas de Barcelona” fue un episodio fundamental para la democracia mexicana, una obra maestra de negociación política.

 Mejor elección para cerrar el sexenio no pudo hacer el Presidente Peña Nieto, si bien hay cierta injusticia en su nombramiento porque ocurre cuando apenas queda tiempo para entregar resultados como los insuperables que tuvo en la Secretaría del Trabajo, y porque sin duda habría sido una espléndida propuesta para ser el primer Fiscal General de la República dada su reconocida honestidad e imagen pública impecable, a despecho de lo que digan los aliados de sus malquerientes del sexenio anterior que manejaron lo que fue la Secretaría de Seguridad Pública con Genaro García Luna.

 Difícilmente el Presidente podría haber seleccionado en su menguado arsenal de colaboradores y conocidos a algún otro que pudiera garantizarle resultados en la tarea más ruda e ingrata del final del sexenio, pero también a quien sin vacilar le aceptara una encomienda que se antoja titánica y para la que se necesita valor y lealtad a prueba de todo, pues puede traducirse en el final de una carrera política de tal suerte brillante que le merecía ser incluido en la conformación de la baraja de presidenciables.

Fuente: impacto.mx/larevista/cerrar-el-sexenio-mision-de-navarrete/