Columna Geopolítica  |

Jorge Miguel Ramírez Pérez  |

1 de abril, 2018  |

Dicen los abogados cuando se necesita clarificar una hipótesis: “aceptando sin conceder”. La frase avala sin detrimento de la posición que guarda cada quien, un intento para que se puedan explorar más elementos en una argumentación. Por eso titulo esta entrega de la manera que se considere como una probabilidad, el triunfo del hoy puntero en las encuestas.

No es que la de como hecho. Faltan muchos días para la elección, pero es indudable que se hace necesario un ejercicio conceptual para aproximarnos a lo que una parte del electorado se supone, quiere o cree que quiere, votando por López Obrador.

Pase lo que pase en el futuro próximo, pienso que hay que razonar antes de tomar una decisión que va afectar a la colectividad y por lo mismo a los individuos que la integran. Lo que leemos en mensajes cortos de la publicidad convencional o en redes, no abona al ejercicio de lo cerebral, sino primordialmente a la entraña donde las emociones se manifiestan.

Y por eso a muchos les parece aburrido hilar un razonamiento con otro, a despejar una interrogante con información y finalmente construir una decisión en la cabeza y ser consecuente con ella.

Por eso creo que se debe reconocer en primer lugar lo que sería obvio, pero no lo es: la naturaleza de la elección. En este caso, la elección presidencial como señala la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, un evento periódico cada seis años, para cambiar la cabeza del ejecutivo al frente de la administración pública federal.

Porque otra forma como la de alterar la elección cada dos años como quiere Obrador con confirmación de la permanencia del ejecutivo por aclamación, es decir por medio de manifestaciones masivas o incluso de tipo paralelo a lo electoral, no es lo que dice la Constitución. No existe tal procedimiento porque lo electoral está restringido de la consulta popular como se establece explícitamente.

Así que para empezar Obrador habla de otra cosa. No de ser electo presidente de México para un periodo de seis años, sino lo que busca es un mando nacional anticonstitucional que cada dos años va a ser aclamado por dos años más y de manera sucesiva. De esta manera alterar el calendario electoral, por uno distinto e inexistente, para hacerle como los bolivarianos, establecer consultas casi permanentes, en las que sólo él participará, para crear un consenso forzado para que se conviertan esos periodos, en el objetivo de hacer vitalicio su mando.

Este mecanismo es común a las dictaduras populistas. De hecho es una maniobra tristemente conocida en el tercer mundo que inicia con reformas populares y después deroga las constituciones vigentes y ponen otras a modo, como quiere López Obrador que anuncia una nueva “constitución moral”; que no es otra cosa sino un instrumento seudo legal para instaurar un régimen personalista.

No sólo los bolivarianos o los Castro, han usado esas engañifas paulatinas que comienzan con algunas mejoras sociales para ganar prestigio, y como son aisladas y causan crisis económicas, son el pretexto para derogar el sistema legal existente.

Personajes siniestros como: Muamar El Gadafi, en Libia en 1969 a los tres meses de asumir el poder cambió la Constitución por otra que se acomodó al objetivo de permanecer en el poder por 42 años; antes había duplicado el salario mínimo.

Otro, Bashar al Ássad de Siria lleva 18 años en el poder y es causa de la guerra que azota ese país la que se escucha y mira en las noticias. Éste continuó como su padre que fue presidente 29 años, con el mecanismo de “confirmación electoral”, como el que quiere, López Obrador.

Pero…  ¿cómo le va hacer?

Hay dos componentes indispensables: uno, el perfil de una mayoría precaria que hace el papel de masa crítica. Y esa mayoría precaria, aunque represente solo el 15% de los electores, porque la mitad del total del padrón se abstienen; va asumir el papel de una “mayoría” para la que Obrador va gobernar solo para ellos.

Esos votantes tienen un perfil muy parecido social y económicamente. Sus carencias educativas son similares; su ideología, incluso su tipo de religión sincrética lo son. Y solo gobierna para ellos, para ese tipo de perfil.  Eso es lo que se define como populismo. Porque aunque Obrador se postula para gobernar a todos los mexicanos, no sería así. Solo para su clientela electoral. Los demás no son tomados en cuenta.

El segundo componente es operativo: tener un grupo de brigadas fascistas del lumpen obradorista. Adictos al líder: son activistas fanáticos que están ya en las redes como meritorios insultando, y el plan es que con sueldos de  tres mil quinientos pesos mensuales, que Obrador le llama “becas” tendrán como trabajo el papel de asistir a todas las manifestaciones, votar cautivos siempre por el líder, arrinconar y agredir a los disidentes, la misma práctica de porros callejeros que apoyaban a Hitler y Mussolini.

Estas hordas incondicionales a Obrador, dice que serán dos millones y medio de jóvenes “ninis” seleccionados. La mayor e impagable nómina del gobierno. Un ejército de tipo maoísta en la revolución cultural, que dejó millones de masacrados en China.

Lo que menciono aquí me gustaría, amable lector pudiera checarlo en la Historia Mundial o hasta en el Internet. Obrador no es un peligro. Sencillamente está enfermo de poder.