René Delgado  |

 SOBREAVISO  |

 07 de abril de 2018  |

 Los exabruptos de la política esquizofrénica de Donald Trump son inaceptables.

 En relación con México, los arrebatos del hombre que, más de un año después, no acaba de entender, asir ni dominar las riendas de la Presidencia de Estados Unidos inciden justo cuando por la naturaleza del juego electoral mexicano, se pueden y deben subrayar las diferencias en la comprensión y la solución de los problemas nacionales. Trump contamina dolosamente la sana incertidumbre electoral. Sólo la ignorancia y la vesania del mandatario, así como su desesperación por disfrazar el fraude de su mandato ante sus fans, explican la vileza de intervenir en México a partir de insultos y hostilidades.

 Calibrando ese factor externo incontrolable y la incapacidad controlable de la Cancillería mexicana para definir una estrategia frente al acecho del vecino, los aspirantes a ocupar la Presidencia de la República tendrán que defender y ejercer el derecho al disenso partidista, sin vulnerar la unidad nacional. Un juego nada sencillo en temporada electoral.

 Sin restarle mérito al pronunciamiento del Senado mexicano, seguido por el mensaje del presidente Enrique Peña Nieto formulado antier, se echa de menos que no se hayan acompañado de las acciones previstas por el más simple manual diplomático ante actitudes tan ofensivas como las del hombre del zacate en la cabeza.

 ¿Cuáles son esas acciones que acusan recibo de la grosería, sin profundizar el desencuentro? Una, la nota formal de protesta de la Cancillería mexicana al Departamento de Estado; dos, el llamar a consulta al embajador mexicano, Gerónimo Gutiérrez, en clara señal de desacuerdo con la actitud de Trump, y tres, pedir explicaciones en la Cancillería a la embajadora Roberta Jacobson sobre las pretensiones del gobierno que representa. (Apena que toque a ella dar la cara).

 Esas acciones no ahondan el conflicto, pero sí señalan oficialmente el desacuerdo. No se espera a ver en qué consisten las amenazas, se fija una primera postura. Ninguna de ellas acompañó los señalamientos oficiales o los tweets del canciller Luis Videgaray. Y, claro, a partir de la reacción, podrían tomarse otras más fuertes: suspender temporalmente y por grado la cooperación e, incluso, la renegociación del Tratado.

 El canciller debe, desde hace tiempo, una explicación a la nación.

 Es comprensible que, en el afán de no agravar el conflicto y vulnerar la renegociación del Tratado de Libre Comercio, la administración mexicana minimice los exabruptos de Donald Trump, pero estos revisten ya un carácter hostil. Ante la evidencia, el Ejecutivo mexicano debería reconsiderar su estrategia. La tolerancia o la indiferencia ya no son el tono indicado del discurso.

 Si el año pasado la administración de Enrique Peña Nieto convocó a la unidad nacional ante las embestidas de Donald Trump, al tiempo de invocar la división nacional ante la elección en el Estado de México, ¿cuál será el punto de equilibrio entre la unidad en el marco de la disputa electoral?

 En ese punto, el canto en coro de los candidatos presidenciales en valiosa consonancia con el Ejecutivo tiene un límite. La unidad no puede concluir en una medrosa complicidad. Ni el disenso, en un atentado contra la unión ante la amenaza externa.

 El equilibrio es un desafío, sobre todo, cuando Donald Trump escuda su fracaso interior en la agresión exterior y cuando confunde los fenómenos con los problemas. Los fenómenos sociales -la migración es uno- se pueden intentar administrar; los problemas -el déficit es uno- se pueden intentar solucionar. Pero no se pueden solucionar los fenómenos, como tampoco administrar los problemas.

 Lo más lamentable del efecto de los exabruptos es la distracción sobre los asuntos nacionales que, poco a poco, venían configurando el eje del debate entre los candidatos.

 Al menos, cuatro asuntos exigían concentrar la atención.

 Uno. El diálogo con criminales entablado por Salvador Rangel, obispo de la diócesis de Chilpancingo-Chilapa, Guerrero, reponía categóricamente sobre la mesa qué ruta seguir frente al crimen tras el fracaso de la guerra iniciada por Felipe Calderón y seguida por Enrique Peña Nieto. Las posturas de José Antonio Meade, Ricardo Anaya y Margarita Zavala, en contraste con la de Andrés Manuel López Obrador, no acaban de entrarle de lleno al asunto. Las frases hechas no detienen la sangre ni atenúan el dolor.

 Dos. El ríspido debate sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México no cuestiona la necesidad de esa instalación como su ubicación y transparencia en los contratos de su edificación. Una obra de esa magnitud exige contar con certeza plena de la corrección de su planteamiento.

 Tres. La urgencia de abatir la corrupción demanda abrir la discusión, no bastan las prendas personales, en particular de José Antonio Meade o de Andrés Manuel López Obrador, para dar por sentado que, a partir de ellos, la realidad será otra. Tampoco resuelve el asunto subir a un sitio web su ropa interior para saber si tienen o no resorte.

 Cuatro. En el marco de violencia y del vínculo entre crimen y política, la seguridad personal de los candidatos no puede quedar sujeta a capricho de estos. Luis Donaldo Colosio perdió la vida y el país sufrió en la política y la economía el efecto de su homicidio. Ese debate rebasa a los propios candidatos.

 Donald Trump sabe de la fragilidad del momento mexicano y disfruta irritar a México con sus exabruptos y diluir, así, su propio fracaso. Es inaceptable dejarlo intervenir en el concurso electoral.

  • EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

 En apoyo a José Antonio Meade, el secretario de Comunicaciones debería presentar su declaración diez de diez.

Fuente: https://www.reforma.com/aplicaciones/editoriales/editorial.aspx?id=132422