Por Rory Smith | 10 de abril de 2018 |

MÁNCHESTER, Inglaterra — En 2016, poco después de que asumió el cargo de director técnico del Manchester City, Pep Guardiola solicitó una reunión con el personal encargado de los campos del club. Quería hablar sobre las canchas.

Describió en detalle las especificaciones exactas de cómo debían cortar el césped en los campos del Etihad Stadium y de las instalaciones de entrenamiento del club: no debía medir más de 19 milímetros, tal cual fue durante sus gestiones en Barcelona y con el Bayern Munich.

Los encargados señalaron con la mayor delicadeza posible que el clima en Mánchester es un poco más frío, un poco más húmedo, que el de Cataluña o el de Baviera, y que tal vez el césped debía ser un poco más largo si se tenía en cuenta ese factor. Se llegó a un acuerdo: durante el invierno, el césped del Etihad puede llegar a los 23 milímetros, mientras que puede dejarse aún más largo el de los campos de entrenamiento, que se usan más.

Sin embargo, Guardiola no cedió respecto a la cantidad de riego que debían recibir todos los campos. El estilo que prefiere, de pases rápidos, funciona mejor en un terreno resbaladizo, así que el personal del City ahora riega sus campos mucho más de lo que lo hacía en el pasado. Ha habido ocasiones, durante los entrenamientos, en que los rociadores se apagan apenas justo antes de que los jugadores den el primer paso para entrar a la cancha antes de entrenamientos, para garantizar que la superficie quede justo como Pep la quiere.

Esta es la medida verdadera del efecto que ha tenido Guardiola en los clubes que lo han contratado, mucho más que el torrente de goles que anotan, los récords que despedazan y los títulos que ganan. Todo lo que ha hecho Guardiola se origina en su meticulosidad, una atención casi patológica a los detalles.

Guardiola ha fomentado que la alineación se sienta más unida: mayor cohesión entre los jugadores y entre estos con la ciudad. Credit Anthony Devlin/Agence France-Presse — Getty Images

Esta temporada ha hecho del Manchester City un equipo que es tan hermoso de mirar como devastador para los demás en la Premier, con una superioridad sin igual en la cima de la liga.

Nada de eso ha sucedido porque Guardiola sea un mago; no llegó al Manchester City y lo transformó con una pizca de polvos de estrella. Todo se debe al trabajo abundante e interminable, a una búsqueda de la perfección, una determinación para que todo funcione de manera precisa.

Hizo lo mismo con el Bayern Munich. Algunos directivos del club quizá pensaban que él era demasiado intenso, demasiado agotador. Sin embargo, hasta los que se sintieron –de cierto modo– aliviados de verlo partir reconocen que el legado duradero de Guardiola no fueron los tres títulos que ganó de la Bundesliga, sino el modo en que pulió y perfeccionó todo lo que pudo. Hizo que el Bayern, un símbolo de las buenas prácticas en el fútbol, fuera mejor.

Va mucho más allá del largo del césped. Como lo demostró su disposición de escuchar al personal encargado de los campos respecto a ese tema, Guardiola quedó impresionado del profesionalismo que encontró al llegar al City —no tuvo que hacer tantos cambios radicales como esperaba—, pero aun así no ha dejado un rincón sin revisar.

Esta temporada, por ejemplo, ha trabajado de una forma meticulosa para empapar a su equipo de un sentido de identidad. Ha fomentado que todos los jugadores salgan al campo de juego juntos antes de los partidos y que salgan como uno después del pitido final. Es impactante, y deliberado, que todo el equipo del City celebre junto los goles que anota.

No obstante, más que forjar un espíritu de equipo, Guardiola se percató de que sus jugadores necesitaban una historia que los uniera con el club, y los aficionados necesitaban algo que los relacionara con su equipo. Durante un partido de la Liga de Campeones de la temporada pasada, quedó anonadado con el contraste entre la atmósfera bulliciosa del Celtic Park de Glasgow y la más apagada del Etihad.

Así que, con la ayuda de los psicólogos deportivos del City, este año ha hecho un esfuerzo para inculcar en sus jugadores no solo qué involucra jugar para el Manchester City, sino qué conlleva ser de Mánchester.

En febrero, cuando el capitán Vincent Kompany dijo en una entrevista que, al igual que los mancunianos, “sabía cómo caer y levantarse de nuevo”, no solo demostró su propia conciencia social y su propio vínculo con la ciudad. Repitió uno de los mensajes que Guardiola ha intentado inculcarles a sus jugadores.

Esta estrategia universal, así como su estilo de juego y su historial, han hecho que Guardiola sea tan atractivo para el Manchester City. El City se apresta a ganar la Liga Premier con dos récords: cantidad de puntos y mayor diferencia de puntos con el segundo lugar.

Esta temporada, el Man City encabeza la tabla de la Liga Premier y también el tablero de goles. Credit Glyn Kirk/Agence France-Presse — Getty Images

La directiva del club se ha mantenido en silencio respecto a la esperanza de poderlo persuadir para que eche raíces en Mánchester, pero hasta ahora la evidencia de su carrera sugiere que se quedará hasta 2020, como máximo. Aun si saliera después de tres o cuatro temporadas, permanecerán todos los cambios pequeños, las mejoras graduales que ha logrado.

Y, por supuesto, también está el efecto que deja en la cultura del país en que trabaja. Después de que Guardiola se fue de Alemania, Thiago Alcántara, uno de sus mediocampistas en el Bayern, dijo que el entrenador había “cambiado el concepto del fútbol alemán”, con su énfasis en la posesión, el cual había complementado “la fuerza, la potencia y los goles” que caracterizaban a la Bundesliga. Según Thiago, esto sirvió para que Alemania pudiera encontrar “la armonía necesaria para ser campeona del mundo”.

Primero, Arsène Wenger llevó consigo los avances en materia de nutrición —uno podría escuchar hablar a sus exjugadores y pensar que el entrenador del Arsenal es quien inventó la pasta—, pero también los cambios en la forma de reclutar y de entrenar.

Una década después, Mourinho y Rafael Benítez revolucionaron el conocimiento táctico, al introducir sistemas poco conocidos, nuevas interpretaciones de las posiciones en el campo e incluso un vocabulario más extenso. Benítez recibió burlas por creer en la marcación por zonas en las jugadas de táctica fija y por su insistencia en la “rotación del equipo”; ahora la mayoría de los equipos ingleses, sino es que todos, emplean estas tácticas.

Entonces, ¿cómo dejará su marca Guardiola?

Guardiola con Bernardo Silva después del triunfo del City contra Chelsea, 1-0, el 4 de marzo. Credit Andrew Yates/Reuters

La respuesta más probable está en términos de los detalles de su estilo: su devoción por un arquero que pueda jugar con el balón, su disposición a jugar con una gran cantidad de todoterrenos y, lo más importante, su convicción de que no hay tal cosa como demasiada posesión del balón.

El título que consiguió el Chelsea en 2017, con tan solo el 53 por ciento de la posesión a lo largo de la temporada, y el del Leicester el año anterior —con solo el 40 por ciento— parecían confirmar que mantener el control del balón ya no era un prerrequisito para tener éxito.

Claro, eso fue hasta que llegó Guardiola: este año, el Manchester City ha tenido un porcentaje de posesión de 71,5, por mucho el más alto desde que se comenzó a registrar la estadística en 2003. Es poco probable que su obtención del título haga que otros cambien su forma de ver el fútbol o que haya otros menos agraciados que quieran seguir el ejemplo. No obstante, al menos sí perfora la estructura ortodoxa.

El cambio más significativo que ha provocado Guardiola en los dos años que lleva en Inglaterra —como ya había demostrado que sucedería— no es en términos de cómo la Liga Premier juega al fútbol, sino de cómo piensa el juego en sí.

En octubre de 2016, Guardiola dijo: “No voy a cambiar mi estilo”. Con esta aseveración, recalcó la cantidad de trofeos que había ganado como entrenador. “Lo siento, muchachos”, añadió. Una y otra vez, le dijeron que su deseo de jugar desde la posición del arquero no iba a funcionar en Inglaterra. Guardiola respondió, simplemente, que no cambiaría de opinión hasta su último día de entrenador.

Este año, su postura ha sido reivindicada. Guardiola representa un triunfo para las ideas. No ha tenido que adaptarse a la Liga Premier; en cambio, la Liga Premier ahora tendrá que adaptarse a él. Ha dejado expuesta la creencia declarada de que la liga inglesa es diferente de todas las demás y ahora es tan solo un mito: es tan susceptible al dominio de un solo equipo extraordinario como la Bundesliga, la Serie A o La Liga. El método de Guardiola, su filosofía, funciona tan bien como en cualquiera de los lugares donde ha estado.

Su visión ha rendido frutos; ha demostrado que su estrategia funciona en Inglaterra y que lo hace perfectamente. Ha pasado casi dos años garantizando que todo, cada hoja del césped, tenga las medidas adecuadas; que todo esté en perfectas condiciones para que florezcan sus ideas. Ahora puede reclamar su recompensa después de cimentar el liderazgo del City.

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