Juan Bustillos   |

Sólo para iniciados   |

15 de abril de 2018   |

 Once semanas parecen poco tiempo para el reposicionamiento del candidato del PRI, pero pueden ser suficientes para hacer la hombrada del siglo

 José Antonio Meade. A sacudir el árbol de su equipo

 A 11 domingos de las elecciones, Aurelio Nuño apuesta contra la opinión generalizada de que José Antonio Meade corre en la tercera posición del maratón por la Presidencia de la República; lo ubica afianzado en el segundo puesto, atrás de Andrés Manuel López Obrador. Así lo dicen sus encuestas y no hay por qué no creerle, a pesar de que la mayoría de los sondeos, acreditados o no en el INE, afirma lo contrario.

 Acostumbrado a los yerros continuos de los encuestadores, y sabedor de que en muchos casos manipulan sus números al gusto del cliente para ser usados como propaganda política más que para retratar el momento, prefiero hablar con algunos priístas del más alto rango a quienes conozco de décadas atrás, expertos, todos, en las elecciones más competidas y vigiladas de los últimos sexenios, a partir de la de Carlos Salinas.

 En mi encuesta personal, que no intenta competir con la de los grandes diarios ni con los profesionales más conspicuos de ese oficio, ni siquiera con los expertos en el manejo de redes sociales, encuentro desaliento y preocupación. Como nunca.

 Este fenómeno no se dio ni en la campaña de Francisco Labastida, que perdió la Presidencia, ni en la de Ernesto Zedillo, que tampoco era priísta en los términos que se entiende por militante; no tenía carisma; ingresó tarde a la competencia, pero sí quería ser presidente y enfrentó a competidores mejores que Andrés Manuel López Obrador y Ricardo Anaya, a saber Cuauhtémoc Cárdenas y Diego Fernández de Cevallos.

 Los priístas de alto rango con quienes hablo (algunos muy cercanos al candidato presidencial) no mienten en privado; saben que no lo pueden hacer, pues fácilmente quedarían al descubierto. Por eso no dudan en mostrar cierto desaliento; en realidad, no se hacen muchas ilusiones en cuanto al triunfo.

 Confían, porque así se los han dicho, con números en la mano (teóricamente obtenidos por encuestadores que no engañan), que a principios o mediados de mayo, su candidato se emparejará al puntero porque ya aprendió y empieza a sacudirse, si bien con cierta timidez, a ciertos generales del ejército de estrategas sin experiencia en campañas que lo rodea hasta la asfixia y que, en alguna medida, son responsables de deformar su verdadera imagen y de la percepción de que su movimiento no levanta.

 Estos generales sin batallas electorales han desperdiciado, miserablemente, la imagen de quien es, sin duda, la mejor oferta que los partidos políticos presentan a los electores; el único que podría ser un gran presidente.

 En realidad, casi han hecho trizas la estrategia, que parecía genial, de ofrecer al electorado a un no priísta de honradez intachable, dado que al ser convencida la sociedad de que el priísmo es sinónimo de corrupción, el Presidente Peña Nieto no pudo echar mano de algún militante distinguido del PRI, que aún queda.

 Conforme a lo que me dicen los que en el PRI sí saben de elecciones, si, en mayo, no consigue Meade superar, sin lugar a dudas, al panista Anaya, y no se acerca a López Obrador, entonces, habrá llegado a la cúpula de la clase política priísta el momento de buscar refugio lejos del país porque la promesa del perdón y olvido esgrimida por el candidato de Morena sólo es tomadura de pelo que unos pocos se han tragado.

 Lo grave, comentan al oído mis encuestados, es que en los niveles superiores del equipo de campaña no entienden aún que la lucha por el poder es una guerra de supervivencia en la que no hay lugar para el burocratismo ni para los hombres buenos que esperan, confiados, que en cualquier momento se producirá un milagro.

 En política, me dicen, sólo los ingenuos creen en los milagros; no existen; se construyen. Nada cae del cielo. Y eso lo sabe el propio Meade. El milagro depende casi totalmente de él.

 Se me dirá, y con razón, que mi muestra es muy pequeña y no sirve para fundar una opinión, con el agravante adicional de que no cito nombres; es cierto, no son cientos ni decenas con quienes he hablado, pero con quienes lo he hecho saben lo que dicen; todos ellos son héroes, villanos, triunfadores y derrotados en las batallas electorales más cruentas de los sexenios de los años 80 a la fecha; sólo me faltaron Luis del Toro Calero y Toño Cueto Citalán.

 Me revelan su desaliento no porque estén marginados; al contrario, algunos son beneficiarios de las deferencias del candidato y del Presidente, e incluso varios están dentro, en posiciones de relevancia, si bien son mantenidos a cierta distancia por quienes son dueños de Meade desde cuando sopesaba sus posibilidades presidenciales en la Secretaría de Desarrollo Social; unos observan de cerca y otros están en el gobierno.

 Para fundar su preocupación no acuden al recurso facilón de hablar de la falta de experiencia del candidato en cuestiones electorales, sino en la de su equipo íntimo, que, además, para complicar la situación, está en permanente lucha interna por apoderarse o mantener sus posiciones de privilegio, e imponer su “asesoría”.

Reconocen el esfuerzo de Meade y tienen la seguridad de que si sus generales lo dejan en libertad le será más fácil comunicarse con los electores y que su mensaje calaría hondo; hasta podría imponer agenda, algo que no ha ocurrido, ni siquiera, con sus continuos emplazamientos a sus rivales a comparar sus honestidades personales.

 Aún hay tiempo, dicen, pero se equivocará quien espere que un milagro caiga del cielo o confíe en alguna operación gubernamental.

 Pero ¿cómo podría ayudar el gobierno?

 Partiendo del supuesto de que es espontánea, y no parte de una estrategia gubernamental, la aparición del chofer de Manuel Barreiro negociando impunidad a cambio de declarar todo lo que sabe sobre la presunta trama corrupta de Querétaro, en la que estaría inmiscuido Anaya, y que igual de espontánea es la inopinada decisión del Trife de incluir en la boleta a Jaime “El Bronco” Rodríguez, a pesar del cochinero en su recolección de firmas para ser candidato independiente, no hay otra manera de que Meade reciba apoyo oficial que le permita colocarse al frente de la competencia, pero si fuera lo contrario, ¿cómo podría el gobierno del Presidente Peña Nieto meter las manos después del escándalo en torno a la resurrección del “Bronco” y la descalificación del Trife a la PGR por difundir el video de la visita de Anaya a la SEIDO?

 Todos estos son elementos que mis encuestados platican casi en susurro, sin embargo, a pesar de lo oscuro del presente, y lo ominoso del futuro, también creen en milagros, pero, a diferencia de los generales de Meade, hablan de construirlos, no de esperar a que caigan del cielo.

 Aún hay tiempo, me dicen, pero, para construirlo, el candidato necesita convencerse de la necesidad de recuperar el control de su campaña, dejar a un lado los clichés que lo obligan a pronunciar y los que envían por él a las redes sociales, así como muchas otras estrategias que en poco o nada le han ayudado.

 En efecto, la mini encuesta revela un panorama pesimista, pero no de desastre absoluto, a condición de que, de una vez por todas, Meade recupere su personaje, ponga en orden a quienes están enfrascados en disputar lo que aún no ganan y sacuda a quienes siguen en la modorra perezosa de la burocracia.

 Sin duda, está remando contracorriente, pero cuando el Presidente Peña Nieto lo seleccionó y él aceptó, ambos sabían que las guerras se disputan con un líder, sólo uno, pocos generales y mucha tropa.

 Hoy sobran los generales y la tropa aún está en espera de su líder.

 Once semanas parecen poco tiempo, pero pueden ser suficientes para hacer la hombrada del siglo; antes que él la hicieron Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto.

 La historia tocó a su puerta y de él depende si abre o la mantiene cerrada, y deja al país a la deriva.

 No necesita mucho; si acaso, parar unos minutos, respirar hondo, poner los pies en el suelo y sacudir el árbol gigantesco que es su equipo, sin que le importe si caen algunas hojas. Ya habrá tiempos para darles chamba, que al final es lo único por lo que pelean.

 Para el resto es supervivencia.

 Y para el país no hundirse en la desgracia.

Fuente:  http://impacto.mx/opinion/el-milagro-depende-de-meade/