Federico Berrueto  |

Juego de espejos  |

22 de abril de 2018   |

 El juego electoral es de ganar; el político, de influir, construir y transformar. Nuestro sistema presidencialista y de mayoría relativa no ha cambiado a contrapelo de la realidad política y social. El poder repartido y el peso de la pluralidad no corresponden al presidencialismo providencial que predica y anticipa López Obrador. Más consistente con la realidad presente y futura es la propuesta de institucionalizar la pluralidad y el ejercicio de gobierno consecuente con el equilibrio mayoritario parlamentario.

 El debate de hoy pervierte la lógica del gobierno que el país necesita al presentar la ilusión de que el presidente todo lo puede. Lo que es peor, las intenciones de voto se alinean a partir de dos sentimientos igualmente ilusorios: el desencanto por lo que los presidentes no pudieron hacer desde la primera alternancia y la fantasía de que todo o mucho se resuelve a partir de la voluntad de quien llegue. Nada más lejano a la verdad, sobre todo en lo segundo. Los grandes cambios que sí se requieren y urgen nacerán del entendimiento del poder político con la sociedad civil y de un compromiso auténtico de la pluralidad nacional.

 Además, sería catastrófico que el beneficio de la mayoría simple, que caracteriza a la elección presidencial y a la mayoría en las Cámaras diera lugar a la reedición del régimen del partido dominante. El PRI de ahora no entendió lo que venía, debió dar curso a la segunda vuelta y también un paso más decidido para parlamentarizar al gobierno y una integración de las Cámaras a partir del porcentaje de votos y no de los triunfos mayoritarios. La ignorancia y la soberbia les llevó a proponer la desaparición de la representación proporcional; de continuar así las cosas, lo que querían desaparecer será su refugio político.

 Competir es ganar porque da oportunidad de presentar la propuesta aunque no tenga aval social ni voto mayoritario. Así se construye lo mejor, en el acumulado histórico de razones que se convalidan en el tránsito del tiempo. En la autoridad y fuerza de argumento que no requiere aval electoral y que la historia vuelve instituciones y realidad. Por eso los candidatos deben tener arrojo, no para la irresponsabilidad ni el voluntarismo, sino para proponer cómo avanzar y mejorar.

 Esta noche convergen visiones encontradas del país y en especial de lo que debe hacerse adelante. López Obrador lleva ventaja no solo por una campaña anticipada, su persistencia ha fructificado en especial por un entorno que dificulta el consenso a lo existente y en eso ni Obama pudo reproducirse en el poder. Quien más tiene es quien más puede perder, en este caso el mismo López Obrador, el PRI y el actual gobierno.

 El debate es la oportunidad de José Antonio Meade. Tiene mucho por ganar. Los negativos que le acreditan no le pertenecen y será la ocasión para hacer valer no solo su razón, sino también su carácter y determinación frente a un electorado seducido por la reedición del caudillismo. De imperar la razón es una competencia desigual y de resultado anticipado a favor de Meade; pero los comicios también son emociones, entorno e historia. Meade tiene que volver la vista a la sociedad y hacer propia la exigencia de cambio por un sendero seguro y cierto, no la aventura del presidencialismo providencial.

 Ricardo Anaya tiene los atributos para un desempeño de excelencia y no pocos anticipan que es quien habría de llevarse la mejor parte del debate. Ha perdido mucho tiempo en golpear al PRI, como también el PRI lo ha hecho con él. Se les ha ido López Obrador y es hora de que el candidato del Frente ponga en claro su supremacía política e intelectual al hablar por propios y extraños.

 Margarita Zavala es la emoción vuelta razón o quizá lo contrario. Es quien mejor puede hacer valer el agravio de las víctimas frente al insulto que representa la propuesta de amnistía a quienes han ensangrentado al país. En otras condiciones el disparate ese de López Obrador hubiera sido suficiente para descalificarlo éticamente de la contienda. Es hora de que el candidato con ventaja rinda cuentas por la irresponsable propuesta; nadie mejor que Margarita para hacerlo y hacerse eco de la abrumadora mayoría de las mujeres que desconfían y que no han caído en la seducción lopezobradorista.

 Jaime Rodríguez tiene la mesa puesta para ingresar por la puerta grande a la contienda. En 2015 probó ser un polemista con temple a pesar de sus evidentes limitaciones. En otros lugares le dirían cara dura, pero es, sin duda, quizá por ello, un eficaz político en el difícil ejercicio de conectar con las masas y los nuevos auditorios.

 Primer debate, obligado sea didáctica de escrutinio y contraste, base para un voto informado.

Fuente: http://www.milenio.com/firmas/federico_berrueto/debate-contendientes-amlo-presidencia-eleccion-gobierno_18_1162263787.html