JOSÉ BUENDÍA HEGEWISCH    |

Número cero   |

29 de Abril de 2018  |

 La última semana en el Congreso se vivió como ese momento en que se escucha la voz de alerta por el cambio de derrotero. Ese lapso en que la circunstancia se singulariza y abre espacio de oportunidad para intentar ponerse a salvo o rescatar los enseres ante el riesgo de lo que está por suceder pronto. El PRI y sus aliados en el Senado se lanzaron a tratar de sacar reformas para cuidar las espaldas y los nombramientos, como los del Inai, para dejar fichas colocadas ante el peligro de perder las elecciones.

 La escena recuerda los instantes del escape en las películas de acción, cuando dentro del grupo se cede al instinto individual de salvar el pellejo. El atorón del PRI al dictamen para eliminar el fuero constitucional apunta hacia un distanciamiento con los intereses de su candidato tras los malos resultados en el debate presidencial que presagiaron los movimientos legislativos. La autodenominada “Ley Meade” fue detenida por su propio partido, a pesar de ofrecer que sería el primer presidente sin fuero. En todo caso, los senadores priistas no parecieron reparar en las promesas de su candidato o revelan decepción ante la posibilidad de triunfo. Se agita incluso el fantasma de la declinación.

 Pero el desafecto pasa también por el realineamiento de fuerzas y grupos políticos en pos de asegurar menor riesgo en caso de derrota, como se ve de apoyo tácito de PT- Morena para la designación de dos nuevos comisionados del Inai; y antes, en el Congreso con la Ley General de Comunicación Social o en el nombramiento del ASF. Si los priistas buscan “blindaje”, AMLO se ha mostrado más dispuesto a olvidar el pasado y tienen más confianza a pactar con él que con Anaya, quien ya los amenazó con meter a la cárcel hasta al Presidente.

 Al PRI le llegó el olor de la derrota y esa “inquietud” le tentó incluso a intentar un “albazo” legislativo para sacar la ley orgánica de la Fiscalía Autónoma y al nuevo fiscal con nueve años en el cargo, que se frustró, entre otras razones, por la movilización de las ONG y la retirada del PT-Morena de un asunto en que no podía darse el lujo de llegar tan lejos. La oposición del PAN y PRD acusó “desesperación” por blindar las denuncias de corrupción al actual gobierno, pero la tentativa se cayó porque el senador petista Luis Humberto Fernández se negó a acompañarlos.

 De todas esas pequeñas muestras de rompimiento, por lo común suele sucederse el inicio de fugas desordenadas. Mientras en el Senado o en los estados los priistas comienzan a privilegiar poner a salvo sus intereses, la élite económico-financiera del gobierno que mantiene el control sobre decisiones y presupuestos, al contrario, parece dispuesta a pelear hasta el final con el abanderado extraído de sus propias filas. No tienen salida, la burocracia tecnócrata será de los grandes perdedores si cae el exsecretario de Hacienda.

 Esta élite gubernamental es la base de apoyo incondicional de la candidatura de Meade, a la que no ha tocado ni con el pétalo de una rosa, aunque los escándalos de corrupción del sexenio han pasado por sus narices. Saben que el 1 de julio se decide algo más que un cambio de presidente y por ello parecen dispuestos a usar todos los enormes recursos políticos y materiales que concentran en el manejo del presupuesto para su campaña.

 Ellos aún esperan que buenas noticias sobre el TLC o el apoyo de los gobernadores empujen su campaña, incluso a pesar del pesimismo que asoma entre los legisladores priistas y el desgano de los liderazgos locales del partido en la movilización territorial. Meade es su última carta para conservar su poder de los últimos treinta años instalados en la toma de decisión de las finanzas del Estado y, a su vez, representan la última apuesta de continuidad del candidato priista, aunque, como acepta, la elección se vea difícil y muy competida.

Fuente: excelsior.com.mx/opinion/jose-buendia-hegewisch/el-olor-de-la-derrota/1235590