Salvador García Soto  |

Serpientes y escaleras  |

13 de junio de 2018  |

Fue la tercera llamada y parece que, finalmente, el candidato del PRI, José Antonio Meade, llegó en el último debate a su mejor momento. Apoyado en los temas que mejor domina: crecimiento y desarrollo, pudo hacer un debate redondo en donde articuló ideas, propuestas y se dio tiempo para lanzar ataques al candidato puntero, Andrés Manuel López Obrador y a su objetivo inmediato, el segundo lugar, Ricardo Anaya. En un formato que, igual que los dos anteriores diseñados por el INE, cumplió su cometido y recogió, a través de los tres moderadores (Gabriela Warkentin, Leonardo Curzio y Carlos Puig), mucho más serios y aterrizados que los del segundo debate, las preguntas críticas de las redes sociales.

Los tres días de aclimatamiento y entrenamiento en Mérida parecieron ayudarle al ex secretario de Hacienda que, sin embargo, llegó a este debate en el tercer lugar de las encuestas (12% según la megaencuesta de la Coparmex), pero a partir del buen desempeño que tuvo y de un Anaya que se notó tenso y afectado por los golpeteos políticos de los videoescándalos y las denuncias activadas en su contra desde la PGR podría meterse de lleno a la pelea por el segundo lugar.

En cuánto al puntero Andrés Manuel López Obrador, una vez más logró salir del bombardeo de ataques a dos fuegos entre Meade y Anaya, que por momentos lo arrinconaron con cuestionamientos incisivos, pero que respondió con negativas y en algunos casos de manera evasiva. Diríase que el tabasqueño no perdió la compostura, resistió los ataques, pero esta vez, a partir de los temas que se trataron y de los cuestionamientos de los moderadores, se notó más su dificultad para explicar detalladamente sus propuestas, el manejo de las cifras y los recursos para financiar sus iniciativas, y se recargó nuevamente en su repetida frase de que “acabando con la corrupción” y recortando los lujos de los funcionarios se van a resolver casi todos los problemas, en este caso económicos, de salud y hasta para financiar la construcción de refinerías que nos den gasolinas más baratas.

El momento más claro y directo que tuvo Andrés Manuel a la hora de explicar sus propuestas fue cuando dijo que sí va a cancelar la “mal llamada reforma educativa”, que propondrá un nuevo esquema para sustituirla y que mantendrá la evaluación del magisterio, pero sin fines persecutorios o de humillación a los maestros. Acabó con las medias tintas en ese tema y de paso reafirmó el voto del magisterio, tanto del SNTE como de la CNTE, mientras que de la reforma energética no habló de eliminarla, sino de solamente revisar contratos.

Anaya no fue, a diferencia de los otros dos debates, el “niño” totalmente preparado y preciso a la hora de exponer sus planteamientos. Conectó, sí, varias ideas interesantes, sobre energías limpias, programas para la diabetes o apoyo a los maestros revisando parte de la reforma educativa, pero en la mayor parte del debate se le sintió tenso, más rígido que de costumbre, y algo enojado a la hora de referirse a “los ataques y cuestionamientos” en su contra. Repitió varias veces su promesa de “llevar a Peña Nieto” y hasta al propio Meade ante la justicia, y ofreció revisar desde Ayotzinapa, la Casa Blanca, Odebrecht y la Estafa Maestra.

Pero hubo un momento revelador en el que Ricardo Anaya dejó sentir el peso del aparato judicial y político del gobierno que lo has estado atacando desde el inicio de su campaña: “Ustedes han querido decir con sus ataques que son los buenos y que yo soy el malo, no sé si logren convencer a la gente, si lo logran no voy a poder, pero si no lo logran, los voy a llevar a ti y a tu jefe Peña Nieto ante la justicia”, le dijo el panista a Meade, en lo que se escuchó como la aceptación de que tantos ataques y golpeteos, ahora también con denuncias formales ante la PGR y la SEIDO, finalmente sí truncarán su campaña.

Al final, este último debate se veía más en la expectativa de que podía ayudar a definir al candidato que puede terminar en segundo lugar de la contienda, a partir de influir en los votantes indecisos y en el llamado “voto útil”. Y visto así, y por el desempeño de los dos candidatos que se disputan esa posición, las encuestas de la próxima semana, que serían ya las últimas previo a los cierres de campaña del miércoles 27 de junio, dirán si es Meade o Anaya el que se quede con esa posición y qué tanto pueden rescatar para sus partidos o intentar acercarse a un puntero como López Obrador, cuyas posibilidades de triunfo difícilmente se verán amenazadas en lo que resta de aquí al 1 de julio.

Fuente:   http://www.eluniversal.com.mx/columna/salvador-garcia-soto/nacion/la-noche-de-meade