Por Jim Sollisch    |

3 de agosto de 2018   |

Nunca pensé que podría tener en mis brazos a un bebé durante una hora —mi cabeza a unos centímetros de la de ella, pendiente de cada suspiro, en espera atenta al siguiente sonido de sus labios o movimiento de sus apenas visibles cejas— perfectamente feliz, un idiota en trance por un truco de magia. Pero ahí estaba en el primer día de vida de mi nieta, Avery, tan feliz que no me reconocía a mí mismo.

He criado hijos; cinco. He tenido en mis brazos a mis propios bebés en sus primeros minutos de vida; he sentido la conmoción del reconocimiento —esta es una versión de mí—. He sentido una mezcla de orgullo y alegría por las cosas que mis bebés hacían que todos los bebés hacen. Pero nunca había tenido esta sensación que detiene mi cerebro, que pone todos los planes en espera, que me dejó sin palabras.

Bueno, he tenido momentos de esa sensación. Sin embargo, esa fue mi primera hora ininterrumpida.

En los primeros momentos de la vida de mis propios hijos, no podía apagar mi mente. ¿Cuándo podremos salir del hospital? ¿Su piel está un poco amarilla? ¿Mi hermano alimentó a nuestro perro como se supone que lo haría? ¿Debería ir en este momento por mis padres que están en la sala de espera? ¿Mi esposa necesita otra cobija? ¿El bebé se parece a los hermanos de mi esposa? ¿Tiene cara de que le queda bien el nombre de Zoey?

Convertirse en padre era muy parecido a convertirse en un pastor alemán si los pastores alemanes fueran capaces de calcular constantemente los riesgos de síndrome de muerte súbita y las alergias al cacahuate.

Trabajé medio tiempo durante los dos primeros años de la vida de mi primogénito. Pasé mucho tiempo con Zack, quien sufría cólicos terribles. Me convertí en un hombre que tenía solo un brazo: para cuando cumplió dos meses, podía hacer casi cualquier tarea con Zack bocabajo en la curva de mi brazo, donde su propio peso aplicaba una constante y relajante presión a su inquieto tracto digestivo.

Después comenzaron las infecciones del oído. Una noche cuando ya había cumplido 4 meses y tenía una fiebre alta, fui a revisarlo a su cuna. Su cara lucía azul. Al parecer, no estaba respirando. Los paramédicos nos aseguraron que fue solamente una convulsión febril, benigna, excepto por el daño permanente que causa al corazón de los padres.

Claro, pasé tiempo observando detenidamente el hermoso rostro de Zack mientras dormía. Pero mi alegría siempre era eclipsada por más preguntas, por ejemplo: “¿Cuál será el siguiente reto que nos harás enfrentar, pequeño?”.

Cuando mi segundo hijo, Max, nació, debería haber estado más relajado. Después de todo, Zack había logrado de alguna manera sobrevivir hasta su tercer cumpleaños. Sin embargo, cuando tenía en mis brazos a Max, cuando empezaba a perderme en su novedad imposiblemente perfecta, recordaba que su hermano mayor podía en este preciso momento estar a punto de caerse de un librero y partirse la cabeza, que es exactamente lo que hizo unas semanas antes de que Max naciera.

Preocupación, vigilancia: esas son las cosas que evitan que experimentemos el éxtasis. También son las cosas que mantienen con vida a los hijos. Sin embargo, esa no es mi responsabilidad con Avery. Es la de sus padres.

Estoy seguro de que tendré muchas oportunidades de ejercitar mis muy avanzadas habilidades de preocupación, pero siempre seré la segunda línea de defensa, un jugador sustituto. Sus padres la observarán mientras duerme y analizarán la más reciente investigación sobre que duerme sobre uno de sus costados o bocarriba. Nunca tendrán un momento tan libre como la primera hora que yo tuve con ella.

No obstante, al mantenerla viva, ellos se sentirán completamente vivos. Sentirán el asombroso poder de la alegría teñido de vulnerabilidad. Solo cuando tienes todo que perder, lo tienes todo.

Eso es lo que te enseña el ser padre.

Ahora que soy un abuelo, no puedo esperar a aprender más sobre este otro tipo de alegría.

Jim Sollisch es director creativo en Marcus Thomas Advertising en Cleveland, Ohio.

Fuente: nytimes.com