Juan Bustillos   |

Sólo para iniciados  |

12 de agosto de 2018   |

Claudia Sheinbaum, próxima jefa de Gobierno de la Ciudad de México, de todas las confianzas del presidente electo

Mientras el PRI se prepara para hacer un diagnóstico de su situación y Ricardo Anaya está listo para convertirse en guía moral del PAN, Andrés Manuel López Obrador ya es Presidente electo y, aunque tendrá que esperar 3 meses 3 semanas para al fin cruzar sobre su pecho la banda tricolor, protestar e iniciar la idílica cuarta transformación de la República debe pensar de inmediato en algo que entre tanto discurso glamoroso, suena prosaico, su sucesión.

Más aún debe ponerle atención si el proyecto se llama Claudia Sheinbaum.

No faltará quien diga que exagero al sugerir desde hoy pensar en un futuro que se antoja distante, pero no lo es si consideramos la velocidad que Andrés Manuel imprimió al relevo de mandos apenas supo que había ganado las elecciones.

Sabe el Presidente electo que el mayor riesgo de su gobierno no consistirá en que la realidad le impida cumplir algunas de sus promesas de campaña, sino en resolver su sucesión.

Se trata de un factor por lo general desdeñado, pero que termina por convertirse en el problema más espinoso de los sexenios.

En su caso puede ser más aún problemático porque una equivocación significaría la destrucción de un proyecto de nación, de tal magnitud concebido y con modalidades más ideales que realizables, que parece imposible construir en sólo 6 años; Andrés Manuel necesita garantizar que su grupo gobierne al menos 18, y no necesariamente con él a la cabeza porque en México no se admite la reelección.

Es muy probable que en algo similar pensaba Enrique Peña Nieto cuando decidió apostar todo su capital político a las reformas estructurales que, si se mantienen vigentes, darán frutos en el siguiente sexenio. A toro pasado se puede decir que sacrificó todo a un Pacto por México, reconocido aquí y en todo el mundo.

El hubiera no existe, pero cualquiera sabe que, de abordar a tiempo el tema de la sucesión en el sexenio que está por terminar, el desenlace quizá habría sido un poco diferente, al menos en los términos históricos en que desembocó.

Pero esta historia tendrá que esperar para ser contada; interesa por ahora registrar que de quienes rodean a Andrés Manuel López Obrador, del más veterano de todos, Porfirio Muñoz Ledo, a la más reciente de sus adquisiciones, Germán Martínez, la mayoría son expertos en sucesiones presidenciales y, como es de suponer, todos ya están sumergidos en la que viene, la del 2024. Si fuera lo contrario ninguno aceptaría sacrificarse por la patria a medio sueldo.

DAMNIFICADOS DE 1988 Y 1994

La lucha prematura por estar en los primeros lugares de la lista de la dinastía suele ser causa originaria de los problemas más graves de los sexenios.

No vayamos tan lejos. Es secreto a voces que, desde la campaña de 2012, Luis Videgaray y Miguel Osorio Chong vivieron (viven) enfrentados. Sólo dieron tregua a sus desencuentros para incidir en armonía en la derrota del PRI en junio de 2016 que destruyó la posibilidad de que el priísta más conspicuo del sexenio, Manlio Fabio Beltrones, fuera candidato presidencial.

Sin embargo, aquella debacle también acabó con las aspiraciones de los dos favoritos sexenales que, con Aurelio Nuño, eran los miembros más cercanos al Presidente e influyentes del gabinete.

La jettatura de la sucesión anticipada en cualquier administración no es tema desconocido por Andrés Manuel y por la mayoría de quienes lo acompañarán en la aventura histórica de gobernar a México los próximos 6 años, en especial los ex priístas que en común tienen el no poder digerir todavía la frustración que les ocasionaron las sucesiones de 1988 y la de 1994.

La gran ventaja de López Obrador es su larga experiencia en el tema, que sería ocioso repetir; además, su condición de hombre solitario que no suele confiar ni en su sombra, su conocimiento de la biografía de quienes lo rodean de siempre y las de los recién incorporados, su calidad de único líder de su partido, la total dependencia a su voluntad de la aristocracia de los integrantes del nuevo gobierno, y su ambición de hacer historia.

La desventaja es que, como ya se dijo, la mayoría de quienes lo rodean son expertos en sucesión presidencial.

Quizá con la sola excepción de la ministra Olga Sánchez Cordero, que en principio ocupará la Secretaría de Gobernación (considerada siempre como plataforma natural, aunque de Luis Echeverría a Miguel Osorio Chong no ha producido un candidato), casi todos los nominados para alguna posición destacada en el gobierno de López Obrador han sido víctimas directas o daños colaterales de las sucesiones presidenciales.

El decano de las sucesiones presidenciales es Porfirio Muñoz Ledo. Fue una de las grandes promesas del echeverriato; fue subsecretario de la Presidencia y secretario del Trabajo, pero con Gustavo Díaz Ordaz ya había sido secretario general del IMSS.

Es una de las figuras más sobresalientes de la política mexicana como lo intuyó su gran mentor, el maestro Mario de la Cueva, imaginado por Porfirio hurgando en el baúl de sus recuerdos en busca de los recortes periodísticos que daban cuenta del crecimiento de su discípulo bien amado.

De entonces data la frustración que no ha logrado superar al día de hoy. Desde la UNAM menospreció a Miguel de la Madrid y no logró superar que llegara a presidente; se conformó con atizar a Cuauhtémoc Cárdenas para el rompimiento con el PRI después que “al hijo del Tata”, como lo llamaba peyorativamente, De la Madrid le incumpliera con la Dirección de Pemex.

En realidad, su frustración es anterior. Adquirió un terreno colindante a su domicilio porque Echeverría le comentó que su casa no era tan grande para recibir contingentes.

PRESIDENTES YA NO DEJAN SUCESOR

No se trata de hacer biografías de quienes rodean a AMLO, pero veamos algunos detalles.

Marcelo Ebrard fue discípulo y brazo derecho de Manuel Camacho cuando Carlos Salinas optó por Luis Donaldo Colosio; lo era también cuando Zedillo los empujó a abandonar el PRI.

Alfonso Durazo era secretario particular del candidato priísta cuando Colosio fue asesinado en Lomas Taurinas; luego estaría con Esteban Moctezuma en su breve paso por Gobernación; más tarde reventó las aspiraciones presidenciales de Marta Sahagún.

Esteban fue coordinador de la campaña de Francisco Labastida cuando el PRI perdió el poder por primera ocasión.

Manuel Bartlett era secretario de Gobernación cuando perdió con Salinas la candidatura.

Ricardo Monreal fue el diputado priísta más entusiasta en la declaratoria de Salinas como Presidente electo.

Por razones de edad, y sólo por esto, Porfirio y Manuel no estarán en la contienda de 2024, pero Marcelo, Esteban, Alfonso y Ricardo serán protagonistas; curiosamente son quienes desde el 2 de julio ocupan los mejores espacios de los medios de comunicación por las tareas que les ha asignado López Obrador.

Cualquiera de los 4, o en grupo, darán la pelea a quien, al día de hoy, es, sin duda, el proyecto del Presidente electo, la próxima jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, quien ha estado de siempre con él.

A Claudia le bastará hacer un buen trabajo en la capital de la República, pero necesitará además que Morena sea un partido político y no un movimiento social como hasta hoy, que López Obrador mantenga el control de sus huestes y que la acción de gobernar no deteriore el magnetismo que lo une al electorado.

Hay un factor adicional que podría favorecer a Claudia: que sus competidores ex priístas superen sus agravios históricos que datan de la sucesión de 1994 y unan fuerzas.

De cualquier manera, Ebrard, Moctezuma, Durazo y Monreal ya están dando la pelea, y si Claudia sigue estando en su radar, Andrés Manuel haría mal en ignorar una circunstancia que se convirtió en el mayor fracaso de Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto: ninguno pudo dejar en su lugar a quien quería.

Fuente: impacto.mx/larevista/la-sucesion-el-reto-de-amlo/