FEDERICO BERRUETO   |

12 de agosto de 2018  |

El desenlace de la elección del 1 de julio es mucho más que una renovación periódica de los poderes. Es una forma de rebelión ciudadana a la que mucho contribuyen el estado de cosas y un anhelo por un pasado idílico. Repite lo que ha acontecido en otros países, pero el acento en la derrota del PRI y la considerable ventaja de López Obrador y de su coalición indican que en el país hubo mucho más que concederle el triunfo a un opositor. Los votantes echaron del poder al tricolor en términos contundentes y quizás fatales y a su vez resucitaron el régimen que la apertura democrática y económica habían aniquilado.

La democracia no solo trajo libertades y elecciones justas con alternancia. Democracia sin demócratas condujo a la partidocracia primero y a la kleptocracia después. La desconcentración del poder y la coexistencia de la pluralidad en las decisiones fundamentales socializó la corrupción. El PRI, el partido con mayor fuerza aun fuera de la presidencia, fue dominado por el sector más corrupto y corruptor. Con su fuerza en el Congreso minaron las posibilidades del cambio a partir de la inexperiencia de Vicente Fox y la ingenuidad de su equipo de gobierno. Los gobernadores tricolores se sometieron y Madrazo fue candidato; las urnas hablaron por sí mismas y por primera vez se vuelve tercera opción, aunque persistió como primera fuerza en el Congreso y en los gobiernos locales.

El PAN en el gobierno perdió mística y sentido de propósito. Interiorizaron muchos de los vicios del pasado y al creer que era cierto lo que se creía del régimen que reemplazaron, perdieron sentido de los límites. La calidad de gobierno sufrió un severo deterioro, no en el centro, sino en los estados. Los gobernadores de PRI, PAN y PRD por igual, enriquecidos con los recursos petroleros que el centro les remitió, en su mayoría estuvieron muy por debajo de lo básico. No solo mal administraron y se robaron recursos, también comprometieron las haciendas locales por varias generaciones. La descomposición de los gobiernos locales es una de las causas de la rebelión del 1 de julio.

La descomposición también implica a los factores de poder más representativos como la Iglesia y el sector empresarial. Se perdió sentido de propósito y defensa de causa común, además, se dieron expresiones de connivencia que dieron un sentido de “mafia del poder”. La reivindicación del ex presidente Salinas en tiempos de Vicente Fox y su activismo en gobernadores y medios reafirmaron en el imaginario colectivo un grupo que se enriquecía y dominaba las decisiones fundamentales del país.

La percepción cobró realidad y ante ello poco podía hacer el candidato Meade, con un partido y un gobierno repudiados en extremo, y con una estrategia y un equipo renuente a entender la realidad y actuar frente a ella. El PAN y el PRD perdieron en sociedad y Anaya, con capacidad y potencial, se anuló en la construcción prematura de su candidatura y, especialmente, por la feroz embestida del gobierno de principio a fin de su campaña.

El pasado inmediato y lejano hizo a López Obrador presidente en condiciones de privilegio por la vía del voto. Las expectativas son muy elevadas. A su favor está el desgaste de lo que reemplaza. Le da más que bono democrático: posee una base de legitimidad y fuerza que le servirá para mucho. Su presidencia militante habrá de provocarle rechazo y resistencia de algunos, pero le permitirá contar con un respaldo sólido sin importar que los resultados sean insuficientes. En el mediano y largo plazo la polarización está en el horizonte, así como el reto mayúsculo de procesar la sucesión presidencial sin que se le fragmente su grupo, una de las debilidades del pasado lejano y que llevaron como solución al partido vertical y a la cultura del tapado, una revisita más al pasado.

El pasado puede servir de refugio y hasta de voluntaria o involuntaria justificación e inspiración, pero difícilmente es solución y respuesta duradera. No lo es en la economía, tampoco en la política y en lo social. No lo es porque el país y el mundo han cambiado considerablemente y porque las soluciones a fondo difícilmente pueden construirse en la fantasía o al margen de las reglas de un juego que no se escoge pero que sí define los resultados, especialmente en materia económica. El voluntarismo desemboca a la larga en fracaso.

El voto del 1 de julio ha dado la espalda a la modernidad política y económica, al menos en los términos que plantea la democracia liberal. El país inicia el régimen del lopezobradorismo; más que una experiencia será un proyecto político de muy inciertos resultados, de propaganda recurrente y muy posiblemente de pasiones encontradas. López Obrador inicia con un país unido en su entorno, difícilmente será lo mismo al término de su gobierno.

Fuente: milenio.com/opinion/federico-berrueto/juego-de-espejos/revisitar-el-pasado