Enrique Quintana   |

Coordenadas   |

21 de agosto, 2018   |

Imagine por un momento que el proceso de transición de los gobiernos de Peña Nieto y López Obrador hubiera sacado chispas.

Que se hubieran formulado amenazas del gobierno entrante de “meter a la cárcel” al presidente actual y a sus colaboradores; que el gobierno actual le hubiera “escondido” la información a los integrantes del equipo de AMLO; que, sin escuchar razones, el nuevo gobierno hubiera anunciado ya la cancelación de la reforma energética y del nuevo aeropuerto… como ayer lo hizo en el caso de la reforma educativa; que el gobierno actual hubiera renegociado el TLCAN sin tomar en cuenta al equipo de AMLO.

En fin, puede usted sumar muchos más casos en esta lista, de uno y otro lado.

Quizás ya estaríamos en crisis financiera.

El periodo entre la elección presidencial y la toma de posesión es inusualmente largo en el caso de México.

Por última ocasión será de cinco meses.

En Estados Unidos, por ejemplo, son aproximadamente dos meses y medio.

En Francia, tras la segunda vuelta, es… de una semana.

En Brasil, de ganar un candidato en primera vuelta, el lapso de transición es de dos meses y medio; de irse a segunda vuelta, apenas poco menos de dos meses.

Tan largo es en México ese periodo, que la administración que sucederá a la de López Obrador comenzará el 1 de octubre de 2024. Es decir, AMLO será el presidente que menos tiempo esté en el gobierno desde que hay sexenios: 5 años y 10 meses.

Las transiciones tan largas son caldo de cultivo para las diferencias y puede darse un periodo de vacío de poder que paralice al país.

El caso más claro de la problemática de las transiciones es lo que ocurrió en 1994.

Estábamos en medio de una crisis política que comenzó con la rebelión del EZLN y luego siguió con el asesinato de Colosio.

La crisis política se convirtió en económica, y la larga transición abonó a que reventara de la peor forma posible: con el llamado “error de diciembre”.

Después de que José Antonio Meade hizo su aparición pública el 1 de julio pasado, apenas después de las 8 de la noche, la transición se volvió “de terciopelo”, y eso ha creado la imagen de que hechos como el que vimos ayer en Palacio Nacional, son parte de la normalidad.

No hay que perder la perspectiva histórica. No fue siempre así.

En el caso de un cambio que quizás no sólo implique cambio de administración, sino de régimen, no se puede exagerar la relevancia que para el país está teniendo que el proceso avance con mesura.

Claro que la transición no va a ser eterna y el 1 de diciembre el Ejecutivo va a cambiar de manos. Ya no habrá “dos presidentes”, sino uno solo: AMLO.

Sin embargo, es probable que los estilos y las formas que hemos visto, no lo hagan.

Integrantes del equipo de AMLO me han referido que la instrucción es ver hacia adelante.

No quiere decir esto que todos los funcionarios del gobierno actual tendrán salvoconducto.

Si hay pillerías evidentes y que puedan probarse, se les va a perseguir. Pero la tarea fundamental que AMLO ha encomendado a quienes estuvieron ayer en Palacio Nacional es: “vean hacia el frente y no para atrás”.

El entorno es demasiado complicado y todavía nos puede dar algunas sorpresas desagradables, sobre todo por lo que implica la presidencia de Donald Trump, que con esa amenaza de turbulencia tenemos.

Así que, más vale que sigamos con “la transición de terciopelo”.

Fuente: ELFINANCIERO.COM.MX