• Bajo las ofertas que promocionan inyecciones milagrosas contra las arrugas, se esconden en muchas ocasiones engaños peligrosos para la salud. El intrusismo y las prácticas ilegales han llevado al bótox del entrecejo al entredicho.

Por Ángela Bernardo – 9 de septiembre, 2018 (CET)

Cuando Lourdes acudió a la consulta que Mabel había abierto en Barcelona, no imaginaba que aquella visita terminaría en una auténtica pesadilla. Lo que en un comienzo iba a ser un sencillo tratamiento de bótox pronto se convirtió en un verdadero timo. Mabel no era especialista en Medicina Estética, sino una peluquera de profesión que regentaba una clínica no autorizada y que adquiría el material que infiltraba en el mercado negro. Más de treinta personas denunciaron las presuntas prácticas ilegales que se realizaban en este lujoso centro, Elixir Clínic, en la parte alta de la Ciudad Condal. El escándalo saltó a los medios de comunicación en julio de 2012. “El recuerdo es nefasto”, asegura Lourdes en declaraciones a Hipertextual.

Su caso, por desgracia, no es el único. Como ella, muchas personas caen a menudo en engaños urdidos por profesionales sin la adecuada formación o experiencia. La popularidad del bótox, que ha crecido sin parar en los últimos años, ha impulsado la realización de prácticas estéticas peligrosas para la salud. Los expertos alertan sobre las fiestas donde se pincha la toxina antiarrugas sin higiene ni preparación y del número creciente de clínicas no autorizadas, camufladas en centros de belleza, pisos particulares o peluquerías.

¿El origen del bótox? Salchichas envenenadas

Mucho antes de que se convirtiera en uno de los negocios de moda, la también llamada toxina botulínica estuvo relacionada con un misterioso envenenamiento que asoló el sur de Alemania en el siglo XVIII, y que acabaría dando origen al propio nombre del bótox. El estado de Wuttermberg fue el epicentro de una intoxicación alimentaria que afectó a trece personas, de las que seis terminarían falleciendo. En todos los casos, el origen del envenenamiento fue el consumo de la misma carne, lo que llevó a las autoridades a advertir sobre la ingesta de “salchichas sangrientas”, una especie de morcillas que se tomaban en la región por aquel entonces.

Justinus Kerner, uno de los poetas románticos más destacados de la época, estudió lo sucedido al suroeste del país. El médico, a la edad de 29 años, consiguió dar la primera explicación detallada del botulismo después de relacionar el consumo de carne en mal estado con la parálisis que habían sufrido los afectados. Kerner logró además enumerar otros síntomas como la debilidad muscular, los fallos respiratorios o los espasmos gastrointestinales. Según explica un trabajo publicado en la revista International Journal of Dermatology, el médico alemán fue capaz de aislar la toxina con la que realizó experimentos en diversos animales para demostrar cuál era la causa exacta de la parálisis del sistema motor y del sistema nervioso autónomo.

Aquellos primeros ensayos sobre los envenenamientos con carne putrefacta, realizados entre 1817 y 1822, fueron solo el principio de una investigación mucho más larga, donde Kerner incluso llegó a experimentar consigo mismo. “La capacidad de conducción nerviosa se interrumpe por la toxina del mismo modo que sucede con el óxido en un conductor eléctrico”, dejó escrito el joven en sus trabajos, citados en la revista Journal of the History of the Neurosciences: Basic and Clinical Perspectives. Él mismo sugirió, en el capítulo final de su tesis, que aquella sustancia podría tener algún día aplicaciones terapéuticas. El genio de Luisburgo no se equivocaba.

Ocho décadas después, una nueva intoxicación alimentaria sacudió Ellezelles, un pequeño pueblo belga que saltó a la fama posteriormente de la mano de Agatha Christie, quien situó en esta villa el lugar de origen del detective ficticio Hércules Poirot. En 1895, una cena celebrada entre los asistentes a un funeral de la localidad dio paso a un nuevo episodio de botulismo, que provocó el envenenamiento de una treintena de personas, todas ellas dedicadas a la música. Tres de los afectados murieron al cabo de una semana, recuerda la doctora Rebeca Makki, mientras que el resto sufrieron síntomas similares a los descritos años atrás por Kerner.

El caso fue estudiado por Emile Pierre van Ermengem, catedrático de Bacteriología en la Universidad de Gante, quien tras analizar el jamón servido a los asistentes, consiguió aislar el patógeno sospechoso de haber causado la intoxicación. El culpable era Bacillus botulinum, conocido años más tarde como Clostridium botulinum. Esta denominación procedía de la palabra en latín botulus (salchicha) —en referencia a la comida que tomaban los legionarios romanos en sus campañas militares—, según explica un artículo publicado en la revista Movement Disorders. Van Ermengem reconocía así el trabajo pionero de Kerner, el primero en describir el “envenenamiento por salchichas”, provocado en todos los casos por una sustancia fabricada por la bacteria anaerobia —es decir, capaz de vivir en un medio sin oxígeno—.

A principios del siglo XX, Alemania asistió a un nuevo caso de intoxicación alimentaria, esta vez con alubias blancas enlatadas, que se relacionaron con el mismo patógeno. El suceso llevó a los científicos a pensar que el microorganismo no solo crecía en carnes y pescados putrefactos. En la actualidad los problemas de botulismo se suelen dar con las conservas caseras y las carnes en mal estado, como sucedió hace años con lotes de cecina en Galicia. De ahí la importancia de preparar estos alimentos de forma correcta y segura, además de mantenerlos en las condiciones adecuadas.

La bacteria Clostridium botulinum produce una toxina que frena la transmisión de mensajes desde las células nerviosas hasta los músculos. Su acción, que puede provocar graves intoxicaciones alimentarias, ha sido aprovechada por la Medicina

La toxina botulínica: de “veneno” a tratamiento

Dos siglos después de los primeros casos detectados en Wuttermberg, la comunidad científica ha conseguido desentrañar el porqué de los envenenamientos por salchichas y otros alimentos en mal estado. Hoy sabemos que el botulismo es una intoxicación causada por una neurotoxina de naturaleza proteica de gran tamaño que, con un peso molecular de 150.000 Daltons, logra bloquear la transmisión del impulso nervioso, tal y como predijo en su día Kerner. Dicha proteína es en realidad “una de las toxinas más potentes que existen”, explica a Hipertextual Ignacio López Goñi, catedrático de Microbiología de la Universidad de Navarra.

La enfermedad del botulismo ocurre normalmente por consumir alimentos enlatados o envasados que no hayan sido correctamente conservados. Las esporas del microorganismo Clostridium botulinum son muy resistentes, por lo que en el caso de que el tratamiento por calor haya sido insuficiente, es posible que la bacteria pueda desarrollarse dentro de la lata y producir la toxina, una de las más letales que existen. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, apenas dos nanogramos de toxina botulínica por kilogramo de peso son suficientes para matar a una persona. Su mecanismo de acción explica tanto los envenenamientos conocidos desde hace más de dos siglos, como los efectos terapéuticos investigados y aprovechados por la Medicina en épocas recientes.

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“Es una neurotoxina que actúa a nivel de la sinapsis neuronal que hay entre una neurona y el músculo”, señala López Goñi. Las células nerviosas son incapaces de transmitir los mensajes correctamente a los músculos, provocando una suerte de “parálisis” y, como consecuencia, también los síntomas del botulismo. Entre los signos relacionados con la infección, según la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, se encuentran una visión borrosa, tener dificultades para tragar o hablar y presentar debilidad muscular, náuseas y vómitos. Si no se trata a tiempo, la toxina botulínica puede “paralizar” todos los músculos del cuerpo, incluidos aquellos encargados de la respiración o de la contracción del corazón. “No suele haber muchos casos de botulismo, pero sin tratamiento hasta un tercio de los pacientes muere“, advierte el microbiólogo.

bótox

Tal y como predijo Kerner en su día, lo que era un antiguo problema pronto se transformó en una oportunidad. Tras la II Guerra Mundial, las investigaciones realizadas por Carl Lamanna y James Duff en las instalaciones militares de Fort Detrick (Maryland, Estados Unidos) permitieron cristalizar la toxina botulínica. La obtención de la proteína abrió la puerta de estudios con carácter clínico, ya que su capacidad de producir esa suerte de “parálisis” podría ser aprovechada como posible tratamiento de ciertas enfermedades neurológicas y musculares.

Los primeros en demostrarlo fueron Edward J. Schantz y Alan Scott, que probaron con éxito esta sustancia como terapia contra el estrabismo. En 1989, la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (Food and Drug Administration o FDA, por sus siglas en inglés) autorizó por primera vez la venta del Botox®, el nombre comercial utilizado por la compañía farmacéutica Allergan para distribuir la toxina botulínica purificada, que había demostrado su seguridad y eficacia como tratamiento contra el estrabismo y el blefaroespasmo, una condición que provoca la contracción intermitente e involuntaria de la musculatura del ojo.

A partir del año 2000, tanto en Estados Unidos como en la Unión Europea se dio luz verde a la comercialización de otros fármacos cuyo principio activo era la toxina botulínica. Así se aprobaron diferentes medicamentos de origen bacteriano como terapia contra los síntomas de la migraña crónica, la distonía cervical (una afección que causa contracciones involuntarias en los músculos del cuello), la hiperhidrosis axilar primaria (sudoración excesiva en las axilas), la espasticidad (un trastorno que induce una excesiva tensión en los músculos) y la incontinencia urinaria por problemas en la vejiga. Pero donde la Medicina iba a encontrar realmente una verdadera mina de oro era en la aplicación del bótox como tratamiento contra las arrugas, las marcas que nos recuerdan el inevitable paso del tiempo.

toxina botulínica

El remedio contra las arrugas que surgió por casualidad

El uso de la toxina botulínica en Medicina Estética llegó de la mano de la casualidad. Algunas de las investigaciones realizadas para demostrar la seguridad y la eficacia de la terapia en diversas indicaciones arrojaron sorpresas inesperadas. A finales de los ochenta, dos profesores de la Universidad de California, Richard Clark y Craig Berris, fueron los primeros en sugerir su potencial para borrar de forma temporal las arrugas del rostro. Sus resultados iniciales, corroborados por diferentes facultativos mientras se comprobaba la utilidad de esta sustancia en otras patologías, desembocaron finalmente en la autorización del bótox con fines estéticos a un lado y otro del Atlántico.

Desde entonces, su popularidad ha ido creciendo como la espuma. Según datos de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica Estética (ISAPS, por sus siglas en inglés), la aplicación de la toxina botulínica como remedio contra las arrugas fue la intervención estética no quirúrgica más popular en 2016. Con casi 5 millones de procedimientos en todo el mundo, las inyecciones de bótox con fines estéticos se situaron por delante de otras como la aplicación de ácido hialurónico, hidroxiapatita cálcica o ácido poliláctico.

Además, de acuerdo con la ISAPS, el número de tratamientos estéticos donde se empleó la toxina botulínica se incrementó un 7% respecto al año anterior. Su finalidad para eliminar de forma temporal las arrugas y prevenir su formación explica que las inyecciones de bótox sean especialmente populares en las personas de entre 35 y 50 años. En 2016, casi el 49% de las intervenciones estéticas en las que se inyectó bótox en todo el mundo correspondían a personas en esta franja de edad, mientras que el 23% de las infiltraciones fueron solicitadas por pacientes de entre 51 y 64 años. Las personas que se inyectan el tratamiento contra las arrugas son en su mayoría mujeres (86,8%), frente a un 13,2% de los usuarios que corresponden a varones.

Los buenos resultados que ofrece el tratamiento explican en gran medida su popularidad. “La toxina botulínica es una proteína que bloquea el trabajo excesivo de los músculos de expresión”, explica a Hipertextual Paloma Castaño, coordinadora médica de la Clínica Gaztambide y vicepresidenta de la Asociación de Medicina Estética de Madrid. “Es una técnica eficaz, cuyo efecto dura aproximadamente entre tres y seis meses. Su aplicación habitual es de dos o tres veces al año”, asegura la especialista. Por países, según la ISAPS, Estados Unidos lidera la clasificación de popularidad del bótox en Medicina Estética, con más de un millón de procedimientos durante 2016. España y México también aparecen entre las diez regiones del mundo donde el uso de la toxina botulínica cuenta con una mayor aceptación.

En nuestro país, la toxina botulínica con fines estéticos se comercializa bajo tres marcas diferentes de medicamentos, Vistabel, Bocouture y Azzalure, propiedad, respectivamente, de las compañías farmacéuticas Allergan, Merz Pharma e Ipsen Pharma —aunque en este último caso, el laboratorio que lo vende en España sea Galderma—. Con su inyección, “no solo se persigue un efecto planchado, sino también frenar la tendencia a marcar las arrugas y evitar su formación“, según Castaño, profesora del Máster de Medicina Estética y Antienvejecimiento de la Universidad Complutense de Madrid.

“Es una toxina, una proteína, no un veneno. No debe asustar a los pacientes”, explica a Hipertextual Alberto Morano, vicepresidente segundo de la Sociedad Española de Medicina Estética (SEME), entidad que cuenta con Allergan entre sus colaboradores. El mecanismo de acción del bótox impide de forma temporal la conducción del nervio al músculo, lo que produce su relajación. “Pero hay que tener un conocimiento exhaustivo de la cara o del cuerpo donde se vaya a aplicar. “Si se pone mal el resultado es desastroso”, advierte Morano. “Está indicado para la mejoría temporal en el aspecto de las líneas faciales superiores en adultos menores de 65 años años cuando la intensidad de esas líneas [arrugas] tenga un impacto psicológico importante para el paciente”, añade José Víctor García, presidente de la Sociedad Española de Medicina y Cirugía Cosmética (SEMCC), una organización que publicita en su página web a empresas como Mesoestetic. La legislación no determina en la actualidad qué significa “impacto psicológico importante”, aunque sea la expresión utilizada por el Ministerio de Sanidad.

Los médicos no coinciden en cómo poner el bótox

Las recomendaciones de los expertos en Medicina Estética coinciden con las fichas técnicas de estos fármacos elaboradas por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). En particular, los tres fármacos con toxina botulínica autorizados en nuestro país están indicados, según esta documentación, para el tratamiento de las líneas verticales del entrecejo provocadas en fruncimiento máximo, de las líneas laterales alrededor de los ojos (las conocidas patas de gallo) y de las líneas frontales horizontales producidas en máxima contracción. Pero no todos los especialistas sanitarios coinciden en cómo debe aplicarse la toxina botulínica para borrar temporalmente las arrugas.

Agustín Vieira, coordinador del Grupo Español de Dermatología Estética y Terapéutica de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV), explica a Hipertextual que el bótox sirve “para relajar los músculos que dan aspecto de envejecimiento y tristeza”. Una aplicación que, en su opinión, se da en dos zonas fundamentales del rostro: alrededor de los ojos y de la boca. “Los dermatólogos nos obsesionamos con buscar una piel sana y también el equilibrio estético. Para ello hay que comprender la musculatura facial y cómo la anatomía varía con el paso del tiempo”, asegura. Sus afirmaciones —que reflejan el sentir de la propia AEDV— no coinciden con lo establecido en la ficha técnica de los medicamentos autorizados en España con fines estéticos, Vistabel, Bocouture y Azzalure.

Según una fuente que prefiere no revelar su nombre, “a día de hoy muchos de los dermatólogos, los médicos estéticos y los plásticos lo ponen en todo el rostro. Si solamente lo inyectas en el tercio superior de la cara queda muy raro, entonces habitualmente también se infiltra en la zona perioral (alrededor de la boca), nasal, el mentón o el cuello. Lo hace mucha gente, a pesar de que teóricamente en la ficha técnica [de la Agencia Española de Medicamentos] no está autorizado“, sostiene. Así aparece también en anuncios fácilmente localizables en páginas web como Mil Anuncios, que incluyen mensajes donde algunos supuestos cirujanos dicen aplicar la toxina botulínica “en toda las zonas de la cara, incluidos la nariz y el cuello [sic]”.

Diferencias entre dos hermanas gemelas que se aplicaron bótox de forma mínima y de manera regular durante trece años. Crédito: W.J. Binder (JAMA Facial Plastic Surgery)

Diferencias entre dos hermanas gemelas que se aplicaron bótox de forma mínima y de manera regular durante trece años. Crédito: W.J. Binder (JAMA Facial Plastic Surgery)

Diferencias entre dos hermanas gemelas que se aplicaron bótox de forma mínima y de manera regular durante trece años. Crédito: W.J. Binder (JAMA Facial Plastic Surgery)

La fuente señala que “no conoce a ningún médico que haya sido denunciado” por inyectar toxina botulínica en zonas que no aparecen en la ficha técnica de los tres fármacos autorizados. “El efecto es temporal, como mucho dura 6 meses. Entonces aunque la paciente quede a disgusto se le acaba yendo el efecto”, comenta por teléfono a Hipertextual. En opinión de Alberto Morano, vicepresidente de la Sociedad Española de Medicina Estética, “las zonas permitidas por Sanidad se limitan al tercio superior de la cara. Fuera de esas regiones, [como tratamiento contra las arrugas], no está legalizado su uso”. ¿Qué opina de estas contradicciones el Ministerio de Sanidad, del que depende directamente la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios?

Este medio se ha puesto en contacto con la AEMPS para conocer su opinión al respecto sobre estas prácticas. Una portavoz dice que la ficha “no es una normativa, sino recomendaciones médicas que, en muchos casos, incluyen conclusiones a las que se ha llegado en reuniones con cirujanos estéticos [en el caso de la toxina botulínica]. Si luego lo hacen de otra manera distinta y la persona es afectada de cualquier cosa que no sea positiva, es quien tiene que hacer la denuncia”, aclara la fuente gubernamental. “Estamos hablando de clínicas que no pertenecen al Sistema Nacional de Salud y la normativa de estos centros privados se regula en cada Comunidad Autónoma”, añade. Todos los tratamientos de Medicina Estética, a excepción de intervenciones quirúrgicas de cariz reparador, están en la actualidad excluidos expresamente del catálogo de prestaciones de la sanidad pública. Hipertextual también ha tratado de recabar la opinión de la Organización Médica Colegial, sin haberlo conseguido en el momento de la publicación de este reportaje.

Proliferan las ofertas engañosas de toxina botulínica

La moda de eliminar las arrugas producidas por el envejecimiento también ha hecho florecer prácticas engañosas realizadas por personas no cualificadas y en centros no autorizados. “La normativa vigente establece que solo debe ser administrado por médicos con la cualificación adecuada, con experiencia en el tratamiento y con el equipo apropiado”, asegura García. El presidente de la SEMCC recuerda que la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ha destacado el uso hospitalario que debe hacerse a la hora de administrar la toxina botulínica a los pacientes, es decir, que la práctica tiene que llevarse a cabo en centros sanitarios debidamente autorizados. Los médicos, de hecho, deben tener un depósito de farmacia y una licencia especial expedida por el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. “Los centros de belleza, gimnasios o peluquerías no cuentan con este tipo de permisos. La Medicina Estética no se puede realizar fuera de un centro sanitario”, afirma Morano.

“A nivel médico es una frustración que de repente en lugares no autorizados se hagan esas técnicas sin control”, lamenta Castaño. La especialista recuerda que la toxina botulínica es “uno de los medicamentos más delicados”. “Necesitamos mantener la cadena de frío” para que funcione correctamente, asegura la experta entrevistada por Hipertextual. “¿Qué garantías tiene una persona que nos ofrece un tratamiento? ¿En qué condiciones lo hace? A nadie se le ocurriría operarse una lesión de tendón en casa ni quitarse un lunar”, apostilla. Su opinión coincide con la de Morano, que recalca la importancia de que las entidades que cuenten con este tipo de terapias dispongan de la autorización, el registro y el permiso necesarios. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de los especialistas —SEME incluso editó un catálogo de recomendaciones sobre el uso de la toxina botulínica en estética facial recientemente—, lo cierto es que las prácticas engañosas proliferan sin ningún tipo de control.

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Fuente: Pixabay.

“El tratamiento completo de bótox, dependiendo de la zona, puede variar entre 400 y 500 euros. Por debajo de ese coste, no es posible poner la toxina botulínica sin que haya pérdidas económicas”, explica a Hipertextual Alberto Morano. Su opinión coincide con la de Paloma Castaño, quien sitúa el coste de las inyecciones de toxina botulínica entre 300 y 600 euros. La Academia España de Dermatología reduce el precio de las infiltraciones a un rango de entre 200 y 500 euros en función de la zona, según un artículo publicado en 2015. Según ha podido saber Hipertextual, los viales de toxina botulínica con fines estéticos se venden en España de forma autorizada a un precio de entre 100 y 120 euros, un coste al que se debe sumar la remuneración de los facultativos y su experiencia. Ambos especialistas coinciden en que una intervención de este tipo “requiere material e infraestructura específicos”. En opinión del vicepresidente de la SEME, “no es posible” que se ofrezcan inyecciones de bótox para eliminar las arrugas a un precio mucho más bajo. Pero lo cierto es que ocurre muy a menudo.

Una simple búsqueda en algunas conocidas plataformas de ofertas y descuentos muestra como resultado la existencia de numerosos centros que venden supuestos tratamientos a base de bótox de forma significativamente más económica. Las clínicas CRES, con sede en Palma, Madrid, Zaragoza y Valencia, disponen de una oferta en Groupalia donde muestran un “descuento en infiltración de toxina botulínica” por tan solo 35 euros, diez veces menos que el coste recomendado por los expertos consultados por este medio. En la letra pequeña de las condiciones, sin embargo, este coste aumenta hasta los 119 euros en el caso del entrecejo, los 149 euros en el caso de las patas de gallo y los 219 euros si queremos inyectarnos el bótox en la frente y el entrecejo. El centro Sarve Medicalstetic publicita en la misma página una sesión de bótox por cien euros, a pesar de contar supuestamente con el aval de la Sociedad Española de Cirugía Estética.

Por otra parte, la infiltración de la toxina botulínica cuesta apenas 85 euros en la consulta de la doctora Antonia Méndez, que oferta sus servicios en Groupalia. Su página web muestra el número de registro sanitario e incluso el logotipo de la Sociedad Española de Medicina Estética, que rechaza la comercialización de tratamientos por debajo del coste real. “Hemos observado que en muchos centros se ofrece el tratamiento por debajo del precio que se compra”, sostiene Morano en conversación con Hipertextual, lo que les ha llevado a pensar que en realidad se puede estar diluyendo la toxina en exceso para aumentar la productividad. Lo mismo opina José Víctor García, presidente de la SEMCC, que comenta por correo que “es posible que se esté utilizando mal la toxina botulínica, y mal significa por personal no autorizado, en centros no autorizados (quizás ni siquiera sanitarios) y también de forma inadecuada (a diluciones o dosis improcedentes)”.

Fuente: hipertextual.com/especiales/botox-toxina-botulinica-arrugas