OPINIÓN   |  Usted Dirá…  Por Roberto Valerde García   |   12 de marzo, 2019  |

 

Nadie en su sano juicio puede negar que con el pasar de los años el crimen ha evolucionado de manera tan vertiginosa que superó a las autoridades en todos sentidos. He ahí un grave problema que padecemos en nuestros días; la delincuencia y los criminales mutaron, se transformaron, pero las policías y nuestro sistema penitenciario ha quedado arcaico, obsoleto.

En sus orígenes, las primeras cárceles fueron cuevas, tumbas, cavernas, lugares inhóspitos a donde se enviaban desterrados a los enemigos del estado. Algunos libros de historia nos dan cuenta que hacia el año 640 d. C., es cuando encontramos la cárcel construida como tal, en Grecia y Roma, destinada a encerrar a los enemigos de la patria.

Posteriormente hacia el año 1300, en Francia la llamada casa de los Conserjes, fue transformada en cárcel y la Bastilla sirvió para encerrar a los delincuentes políticos, mientras que en Inglaterra, durante la primera mitad del siglo XVI se instaura la primera casa de corrección para mendigos, vagos y prostitutas, presuntamente con la intención de corregir sus vicios, pero fue un intento fallido, porque el efecto habría sido todo lo contrario.

Lo mismo ocurre en nuestros días con los penales de Veracruz, que en estricto sentido deben ser instituciones de reinserción social, pero paradójicamente se han convertido en “las mejores” universidades del crimen, coinciden en señalar policías, visitadores de Derechos Humanos, fiscales y hasta jueces.

¿Y qué podemos esperar en penales con sobrepoblación, hacinamiento, tráfico de drogas, alcohol, armas, teléfonos celulares, prostitución, riñas, muerte y una hedionda corrupción que se afianza en la compra y venta de los antes mencionados y otros privilegios. Son pues los ceresos como la Caja de Pandora que contenía todos los males del mundo.

Nadie se atreve a ponerle nombre, apellido y firma a sus denuncias, ante el temor de no amanecer con vida a la mañana siguiente, ya sea a manos de otro interno o hasta de un corrupto custodio, que también los hay.

En reiteradas ocasiones, por ejemplo, en el CERESO (Centro de Readaptación Social) de Poza Rica se han denunciado por parte de internos y de sus familiares, abusos, maltrato, castigos, vejaciones, arbitrariedades y cobros excesivos hasta por respirar.

Reitero, nadie se atreve a darme pruebas, hacerlo podría costarles la vida, pero este columnista ha recibido denuncias de familiares de algunos internos en el sentido de que en los penales de Veracruz y quizás de todo el país, nada es gratis. Las visitas conyugales se pagan, los cigarros, agua embotellada, refrescos, dulces, artículos de higiene personal como estropajos, shampoo, jabones, peines, toallas sanitarias para las mujeres, preservativos, colchones y colchonetas, zarapes, almohadas y protección, esta última, de lo más caro que se puede pagar estando encarcelado entre cientos de criminales en potencia.

Namiko Matzumoto Benítez, presidenta de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), informó respecto de un reporte que elaboró sobre la situación en los penales veracruzanos y en el cual está plasmado y comprobado que “desnudaban a las mujeres que intentaban ingresar como visitantes a los penales en la zona norte del estado y también del sur”. Además les realizaban “exploraciones” que violaban su integridad y su dignidad como seres humanos. Aunque no lo afirma, deja entrever que serían las y los custodios de las cárceles quienes cometían estos atropellos.

Detalla que recibieron una queja sobre el tema pero al realizar las investigaciones, ya no la ratificaron. Ya decía líneas arriba que generalmente esto ocurre por temor a represalias.

Lo que llama poderosamente mi atención es que sea la propia Matzumoto Benítez, quien muy campante y quitada de la pena diga que elaboró un informe y que se harán algunas recomendaciones, cuando su posición le permite y le exige hacer mucho más, como exigir una investigación a fondo, la intervención de organismos internacionales de Derechos Humanos, hacer lo humanamente necesario no sólo para que se impidan estas aberraciones, sino para castigar a los desviados que las cometen.

Desde los centros penitenciarios presuntamente se cometen extorsiones telefónicas, se planean y dirigen secuestros, levantones, ejecuciones, asaltos y un sin fin de ilícitos, pero se sigue tolerando desde las altas esferas del poder político. Hay quienes afirman que ser director de un penal es casi como comprar el premio mayor de la lotería; en poco tiempo cualquiera puede convertirse en millonario.

Señoras y señores diputados, locales y federales, es tiempo de vigilar que se cumplan las leyes y aquellas que nadie respeta, reformarlas, en sus manos está gestar e impulsar un cambio en el sistema penitenciario de nuestro estado, o pasar a la historia como los mediocres que por conveniencia se hicieron los ciegos, sordos y locos. La decisión es toda suya.