OPINIÓN  |  Retrovisor: Por Ivonne Melgar  |   23 de marzo, 2019   |

• “Hoy necesitamos transformar la política para cumplirle a los mexicanos” • “No entendemos el cambio como un rechazo indiscriminado a lo que otros hicieron”

La muerte trágica convirtió las palabras de Luis Donaldo Colosio en un referente de nuestra retórica política. Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada, reconoció el candidato presidencial en su icónico discurso de hace 25 años, reproducido el jueves por Excélsior (http://bit.ly/2HBI650).

Es un mensaje que permite calibrar la gravedad del diagnóstico que compartió Colosio en el LXV aniversario del PRI.

Expreso mi compromiso de reformar el poder para democratizarlo y para acabar con cualquier vestigio de autoritarismo, prometió en el Monumento a la Revolución.

Los priistas se encargaron de venerar la memoria de su exdirigente nacional, jurándose, en vano, que retomarían aquellas promesas de 1994.

La economía, más allá de las metas técnicas, tiene que estar al servicio de los mexicanos, señaló el exsecretario de Desarrollo Social, en lo que podría interpretarse como crítica a la tecnocracia.

La oposición del PAN y del PRD reconoció el valor del sonorense cuando hablaba de sujetar al presidencialismo a los límites constitucionales.

Sabemos que el origen de muchos de nuestros males se encuentra en una excesiva concentración del poder, sostuvo Colosio, en una declaración que se ha utilizado para abonar en la tesis de una ruptura con el presidente Carlos Salinas.

En 2018, Movimiento Ciudadano cobijó a Luis Donaldo Colosio Riojas, diputado local en Nuevo León, exaltando el legado de su padre de una democracia sustentada en el poder del ciudadano.

¡México no quiere aventuras políticas! ¡México no quiere saltos al vacío! ¡México no quiere retrocesos a esquemas que ya probaron ser ineficaces! ¡México quiere democracia, pero rechaza su perversión: la demagogia!, alertó Colosio cuando estrenábamos TLCAN.

Pero, un cuarto de siglo después del magnicidio, el político que más ha reivindicado a Colosio es el Presidente de la República, quien ayer revelaba que cenó con el candidato dos días antes de la tragedia.

Es la hora de cerrarle el paso al influyentismo, a la corrupción y a la impunidad!, gritó el abanderado de un PRI que, por primera vez, contendería con un opositor de izquierda, el fundador del PRD, Cuauhtémoc Cárdenas.

Porque si alguien nunca quitó el dedo del renglón sobre esos tres males fue López Obrador, quien desde 2006 incorporó a su narrativa la pertinencia de las truncas promesas de Colosio y visitó su sepulcro en Magdalena de Kino.

Es la hora del gran combate a la desigualdad, es la hora de la superación de la pobreza extrema, admitió cuando el zapatismo y la agenda de los pueblos originarios copaba la prensa.

El talento del Presidente en la comunicación, sustentada en símbolos históricos, otorgó su lugar al ideario frustrado y siempre tuvo un “¡Viva Colosio!” en sus exitosos encuentros con alumnos del Tecnológico de Monterrey, recordando al egresado.

Hoy necesitamos transformar la política para cumplirle a los mexicanos. Esa premisa de Colosio nunca fue retomada por un Presidente con tanta fuerza, como ahora lo hace López Obrador al proclamar un cambio de régimen que debe romper con los viejos moldes.

Nadie como López Obrador comprendió la necesidad de hablarle al México agraviado y visibilizar la normalización de los corruptos.

Y, sin embargo, hoy que el Presidente honra las palabras de Colosio, debemos reclamar la pertinencia de otra de sus citas, ausente en la plataforma de la 4T: No entendemos el cambio como un rechazo indiscriminado a lo que otros hicieron.

Porque ese afán de descalificar como corrupto y corrompido todo lo hecho antes, más que descarrilar prestigios indefendibles o instituciones cooptadas por el conformismo, desdeña al México que Colosio prometía apuntalar, el que se levanta a través de la educación y el mérito.

Es la hora de una educación nacionalista y de calidad; es la hora de una educación para la competencia, dijo al resumir esa dicotomía aún irresoluble y en la que se tropezó ya la contra reforma educativa: mejorar sin excluir.

Porque el discurso de satanización contra el México de la prensa crítica, de los posgrados en el extranjero, de la evaluación educativa para sortear la competencia global, el de los expertos y estándares internacionales, el del ciudadano que se empodera como sociedad civil organizada, ese discurso polarizante del Presidente atenta contra la premisa colosista más popular: Provengo de una cultura del esfuerzo y no del privilegio. Esa es la premisa pendiente: que el esfuerzo no sea defenestrado ni confundido con privilegios.

Y que los privilegios no sean resultado del beneficio del poder, aun cuando los privilegiados se le sometan.