Tal cual  |   Ángel Verdugo  |   1 de abril, 2019   |

  • Algunos gobernantes, particularmente los soberbios y autoritarios, mantienen a algunos de sus funcionarios más tiempo del recomendable, frente a las incapacidades exhibidas que obligarían a su despido inmediato.

Uno de los efectos poco publicitado de la era actual, la de las economías abiertas y la incorporación a la globalidad —voluntaria y necesaria—, es la inestabilidad de los gabinetes que acompañan a los gobernantes, sean estos jefes de Estado o de gobierno.

Lo que hace no muchos años era un puesto seguro —para ocuparlo del día uno al último del gobierno en el cual fue llamado a participar—, hoy es todo lo contrario; sin exagerar, podría afirmar que en las condiciones actuales —no únicamente las que enfrenta México sino prácticamente las que enfrentan todos los países—, es casi un juego de azar tratar de definir el tiempo de permanencia de un funcionario en un gobierno y en no pocos casos, es un deporte extremo ser parte de ciertos gobiernos.

Algunos gobernantes, particularmente los soberbios y autoritarios, mantienen a algunos de sus funcionarios más tiempo del recomendable, frente a las incapacidades exhibidas que obligarían a su despido inmediato. Lo hacen, en contra incluso de la opinión de los más cercanos, simplemente por esa visión autoritaria cuyo único sustento es la soberbia: A mí nadie me va a decir cuándo despedir a mis colaboradores.

Hay casos en los que esa necedad lleva a ciertos gobiernos a causar daños de gravedad a la economía; debido esto, como dije, a la soberbia del que gobierna. De ahí que la pregunta siguiente tenga especial relevancia en toda gobernación: ¿Cuándo despedir a un colaborador que fue designado para un alto puesto?

¿Acaso esta difícil decisión del gobernante —despedir a un amigo entrañable— debería posponerse indefinidamente a la espera, ilusoria e infructuosa, de un milagro?: que el incapaz aprenda y de esta manera, logre elevar la calidad de su desempeño.

Si bien lo anterior como gesto de amistad es loable, en términos políticos es lo peor que podría hacer todo gobernante; éste, al juzgar a sus colaboradores, debe despojarse de todo sentimiento de amistad o compromiso, en aras de garantizar que su equipo esté conformado por los mejores y los más capaces, lo que explicaría por qué fueron designados.

En consecuencia, la decisión dolorosa del gobernante debe ser tomada desde el momento mismo en que los resultados del desempeño de uno u otro colaborador demuestran, con claridad meridiana, que sus capacidades no están a la altura del puesto que ocupa o, en no pocos casos, sus capacidades no son las que el puesto que ocupa exige.

Viene a cuento lo anterior, por lo que vemos y padecemos del actual gobierno. En menos de cuatro meses ha quedado evidenciada, sin el menor resquicio para la duda, la pésima selección que hizo el gobernante de supuestos profesionales experimentados para integrar su gabinete.

Hoy, prácticamente nadie queda a salvo de ser reprobado; sin embargo, dentro de ese mar de incapacidades o charco de ineptitudes destacan, por sus limitaciones más que evidentes y su incapacidad para un desempeño más o menos regular, los siguientes: Urzúa, Sánchez, Durazo, Márquez, Villalobos, Alcalde, Jiménez, Ebrard, Moctezuma, Alcocer, Sandoval, Nahle, Romero y Bartlett. Se salvan de ser nombrados quienes encabezan la Semarnat, Bienestar, Sedatu (o como se llame ahora), Conacyt, Infonavit e ISSSTE porque, son tan grises y desconocidos, que ni el apellido de cada uno he podido retener.

¿Hay solución a esta pobreza de cuadros capaces y experimentados? Sin duda. Lo que procede en estos casos es, no otra cosa que un reajuste del gabinete mediante el cual, unos se irían a la calle para regresar al anonimato y otros, poquísimos, ir a una dependencia diferente a la que ocupan.

¿Tan pronto habría que despedirlos? ¿Tan pronto? Si algunos antes de la toma de posesión ya habían exhibido sus limitaciones, así como la falta de capacidad para desempeñarse en el puesto asignado. Obligado sería entonces, pedir lo que solemos decir en lenguaje coloquial, ¡baraja nueva!

¿Acaso sería un tache indeleble para el actual gobernante, un ajuste tan profundo como el que planteo? ¡Por el contrario! Elevaría la calidad de su gabinete y sin duda, ya con otros perfiles, tanto el descrédito como la vergonzante sumisión y abyección de los actuales se vería reducida y también, ¿por qué no?, el pésimo desempeño actual mejoraría.

De los subsecretarios, prefiero esta vez no emitir comentario alguno pues los nuevos funcionarios se encargarían de echarlos después de decirles, ¡lástima, Margarito!