OPINIÓN  | Nudo gordiano |  Yuriria Sierra | 13.junio.2020 |

¿Cuál será nuestro destino? El de la humanidad, pregunto, ahora que un virus nos ha orillado a una pausa, a un confinamiento que, inevitablemente, nos da tiempo para hacernos preguntas sobre nosotros, como individuos, como integrantes de una sociedad y también sobre la sociedad misma. ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué tanto estamos dispuestos a cambiar, ya no digamos en un futuro lejano, uno a corto plazo, cuando la cuarentena comience a ser parte del pasado? De esto le preguntó Karen Shainyan, periodista ruso, a Yuval Noah Harari, uno de los máximos pensadores contemporáneos. Lo hizo en el marco del mes del orgullo LGBTTTI, aunque con el entendido de que sus tantas reflexiones aplican para todos los aspectos de nuestra vida, de nuevo, como individuos, como integrantes de una sociedad y también sobre la sociedad misma.

Todo se trata de moral, afirma Harari; porque a partir de ella es que definimos comportamientos. El problema, agrega, es que ésta la hemos entendido a lo largo de la historia a partir de conceptos aprendidos más que cuestionados. “La moral se trata de sufrimiento; de causar un dolor innecesario al otro…”, expresa. “No robas sólo porque alguien hace dos mil años dijo que no lo hicieras; no lo haces porque al hacerlo le provocas daño a alguien…”. Y en esa línea es donde se define lo bueno y lo malo. No entenderlo, nos condena a una torpe evolución, porque nos quedamos instalados en las creencias de alguien más, más que en nuestra propia convicción. La eterna historia, la de la narrativa que funciona para fines determinados, para intereses de un grupo en particular. Por ello nos aterra lo que nos confronta, porque nos tendría que obligar a la autoevaluación: qué estamos haciendo mal.

Bajo el contexto de la diversidad sexual, el filósofo israelí asegura –como otros pensadores y expertos– que la homofobia no es natural, ser gay sí: “incluso si existe un Dios sobre las nubes, me cuesta trabajo creer que castigaría a la gente por amarse; entendería que nos castigara por ejercer violencia, odio, crueldad…”.

Nos ha costado tanto y tantas vidas entender las implicaciones de nuestros actos: “La violación es mala y hoy la entendemos mejor que otras culturas en el mundo; en la Biblia no hay una definición clara sobre ella, porque la mujer es considerada ahí una propiedad del hombre…”, precisa Harari. Incluso recuerda como en otros momentos, y regiones actuales del mundo, la violación era/es una afrenta para el padre o esposo, más que para la propia víctima. Y sí, la entendemos mejor, pero eso no libra a este delito de vacíos y resquicios legales que dificultan incluso su denuncia.

Con el coronavirus como eje de la agenda global actual, se ha evidenciado lo fácil que resulta señalar al otro, abonar a discursos de odio. ¿Cuántas veces escuchamos a Donald Trump referirse al covid-19 como el “virus chino”? Y qué mejor ejemplo que el presidente de EU, quien se ha construido una carrera política a partir del discurso de segregación: “nacionalismo no es xenofobia; no es sacar a los extranjeros, es amar a tus compatriotas…”, sentencia Harari. Reflexiona que, por ejemplo, un millonario, como buen nacionalista paga sus impuestos para que el Estado en el que vive, pueda llevar servicios de Salud a comunidades alejadas. Sin embargo, ¿cuántos conceptos que nos rodean se ejercen desde el malentendido?

No es sólo sobre el odio al otro, sobre el rechazo de lo que reprobamos, no se trata de controlarlo todo, sino de darnos espacio a todos; porque la historia está llena de episodios, en la que supuestos mesías llegan a salvarnos, pero que tras encontrar al monstruo y derrotarlo, se convierten en él.

Con información de EXCELSIOR