OPINIÓN | Nadando entre tiburones |  Víctor Beltri | 22.junio.2020 |

Las miradas de incredulidad, las expresiones de estupor, el asombro cotidiano tras cada mañanera. Las cifras falsas, los datos ambiguos, las clases de historia. La cohorte de patiños que insultan a la inteligencia con sus preguntas a modo; la terquedad en los proyectos emblemáticos —diseñados para otra época— que hoy no sólo resultan obsoletos, sino, sobre todo, innecesarios. La magnitud de la tragedia —económica y humana— que ha llenado de dolor e incertidumbre la vida de la población, día con día.

La decepción que sigue a la sorpresa. La caída —el desplome— en la popularidad del Presidente de la República no es fruto de la casualidad, sino que surge de la diferencia entre las altas expectativas de la campaña y los deficientes resultados del gobierno, así como del abuso de una fórmula de comunicación que, si bien en un principio fue novedosa, en la actualidad ha perdido —más allá de los ataques desde el púlpito— toda relevancia.

Expectativas de campaña que —al asumir el gobierno— no fueron atemperadas, tras la dureza del encuentro, con una realidad que no correspondía a los planes iniciales. Quien prometió velar por los más vulnerables, les retiró los apoyos más importantes; quien prometió una mejor educación, le quitó fondos a su presupuesto y entregó su calidad a unos facinerosos; quien prometió mejorar el sistema de salud, no ha sido capaz —siquiera— de brindar el servicio deficiente de sus predecesores. Quien prometió un país sin discriminación, hoy censura a quienes no comparten sus ideas; quien planteó foros, para escuchar a las víctimas, hoy destruye a la institución que velaba por sus derechos.

Quien anunció haber terminado con la corrupción, hoy tiene que defender a su círculo cercano; quien prometió combatir al crimen organizado, hoy reconoce que ha ordenado sus liberaciones. Quien prometió crecimiento, hoy se inventa otras medidas para no medirlo; quien prometió medio ambiente, hoy le apuesta a los combustibles del pasado. Quien prometió inversiones, hoy las aleja, cada mañana, en un nuevo exabrupto.

Uno cada día. Hace tiempo que la mañanera no emociona, sino que enardece: hace mucho que, quienes la escuchan, no esperan el anuncio de un logro real, sino al destinatario de la nueva diatriba. Cualquiera, contra quien sea, con tal de que la polémica de turno sea suficiente para distraer sobre la erosión de las instituciones, provocada por esta administración; las miles de empresas en quiebra, los millones de personas en situación de pobreza alimentaria. Las promesas incumplidas; el nuevo tinte de autoritarismo, el errático manejo de una pandemia —galopante— por un vendedor de ilusiones. A snake oil salesman.

La popularidad desciende y, lo que antes se cuchicheaba, hoy se comenta abiertamente en los círculos más cercanos: la estrategia no ha sido la adecuada, las decisiones podrían haber sido distintas, hay que reconciliarse con los empresarios. El Presidente reacciona y, con un manotazo en la mesa, pretende forzar los apoyos: “es tiempo de definiciones, nada de medias tintas (…) los liberales moderados no son más que conservadores más despiertos”. Palabras duras, dirigidas —sin duda— a quienes se le están saliendo del redil: la disidencia incipiente tendrá que valorar si vale la pena —realmente— seguir apoyando un proyecto personal, sin pies ni cabeza, y con los ojos cerrados.

El país se desmorona, y la gran mayoría de quienes votaron por el personaje no querían para México lo del pasado, pero tampoco lo del —doloroso— presente. Quienes disentimos de este desastre no somos conservadores del siglo XIX: quienes queremos un país mejor somos, simplemente, ciudadanos. Ciudadanos muy decepcionados.

Con información de: EXCELSIOR