OPINIÓN | Juegos de poder |  Leo Zuckermann  | 24.junio.2020 |

• La pretensión del Presidente demuestra el miedo que tiene a perder la mayoría en la Cámara de Diputados y los comicios locales en 2021. Ya desde ahora está preparando una de sus narrativas favoritas.

Nunca, en su historia, López Obrador ha aceptado una derrota electoral. Y, cuando ha ganado, argumenta que fue a pesar de las autoridades electorales.

Bueno, pues una vez más ya comenzó a sentar las bases de una narrativa de un posible fraude en las próximas elecciones intermedias de 2021.

Sin pudor, ha dicho que él será el guardián de las elecciones, aunque no le corresponda al Presidente dicha labor. ¿Se imaginan qué hubiera dicho el propio López Obrador si Fox, Calderón o Peña se hubieran atrevido a erigirse guardianes electorales como él pretende?

No, el Presidente no puede ser el guardián electoral porque es uno de los jugadores de los comicios. Él, y los múltiples partidos que lo apoyan, estarán compitiendo.

De acuerdo a nuestra Constitución y a nuestras leyes secundarias, los guardianes, los árbitros de la competencia, son los Organismos Públicos Locales Electorales, los tribunales electorales locales, el Instituto Nacional Electoral (INE) y el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF).

La pretensión del Presidente demuestra el miedo que tiene a perder la mayoría en la Cámara de Diputados y los comicios locales en 2021. Ya desde ahora está preparando una de sus narrativas favoritas: la del fraude electoral.

Ya lo conocemos y ya sabemos por dónde va su jugada.

Vamos a decir que, efectivamente, le va mal a Morena y partidos satélites en las elecciones. Que pierden la mayoría en la Cámara de Diputados y, por tanto, la capacidad de aprobar leyes y, sobre todo, el presupuesto anual. ¿Qué va a decir AMLO?

Que la elección fue fraudulenta. Que fue culpa del INE y del TEPJF, quienes formaron parte del Bloque Opositor Amplio (BOA) para ganarle el poder a la Cuarta Transformación a la mala.

En el mejor de los casos hará lo que hizo con Puebla en 2018. Recordemos que a Morena le fue de maravilla ese año en las elecciones, pero perdió la gubernatura de ese estado. AMLO y compañía alegaron, entonces, que la elección había sido fraudulenta y que, por eso, habían perdido. El asunto llegó hasta el TEPJF, el cual ratificó el triunfo de la panista Martha Erika Alonso.  El ya Presidente, sin embargo, calificó de equivocada y “antidemocrática” la decisión de los magistrados. Pese a ello, aseguró que respetaría y acataría el fallo. Eran las épocas en las que andaba moderado.

Sin embargo, prometió: “para que no se vaya a malinterpretar no voy a ir estos días a Puebla por la situación que prevalece, no sería prudente, además yo estoy asistiendo a actos públicos y no es lo más recomendable el que públicamente me acompañe (Martha Erika), o que yo la acompañe o que yo vaya solo. Vamos a esperar a ver qué pasa”. Días después, la gobernadora moriría en un accidente aéreo.

La otra opción, la peor, es que aplique la que le hizo a Felipe Calderón en 2006. No lo reconoció como presidente calificándolo de espurio. En ese momento andaba más radical. Si sube más las apuestas, desconocería a la Cámara de Diputados opositora, provocando un conflicto institucional entre dos Poderes del Estado.

Pero regresemos al quid del asunto. Es increíble la pretensión del Presidente de regresarle al Poder Ejecutivo la facultad de arbitrar los procesos electorales sin cambiar una coma a la legislación existente.

¿Acaso no aprendimos nada de las épocas del PRI?

Sí: el INE y el TEPJF cuestan mucho dinero. ¿Saben por qué? Porque toda nuestra legislación electoral se hizo a partir del principio de la desconfianza entre los jugadores.

Un sistema oneroso por churrigueresco para asegurar la legalidad, imparcialidad, objetividad, certeza, autonomía, independencia y equidad en los procesos para elegir a nuestros gobernantes.

Si alguien luchó por instituciones autónomas para arbitrar las elecciones fue la verdadera izquierda de México. Junto con el PAN presionaron al PRI para que así ocurriera. De esta forma, la alternancia se hizo realidad. Partidos opositores desbancaron a partidos gobernantes, condición sine-qua-non de la democracia.

Pero López Obrador, en este tema, no cree en la democracia representativa, sino en su muy particular definición de democracia que, en realidad, no es democracia, sino un sistema autoritario que él controla.

El Presidente como gran guardián. La visión de un priista de la vieja guardia.

Igual y le pide a Manuel Bartlett, hoy director de la Comisión Federal de Electricidad, secretario de Gobernación cuando esta institución organizaba los procesos electorales, que lo aconseje sobre cómo custodiar elecciones o, más bien, los intereses del partido gobernante en ellas.

                Twitter: @leozuckermann

Con información de EXCELSIOR